miércoles, 3 de agosto de 2016

Como ser cristiano con eficacia en el siglo XXI



Jesús te invita a seguirle, confía en Él

Introducción
 
En muchas ocasiones me he preguntado ¿Cómo ser mejor cristiano? Hubo un tiempo donde creía que como “ya me había convertido” era, por tanto, ya un buen cristiano. Sin embargo, hace unos meses me di cuenta de que estaba en un error.
Si bien es cierto que en 2005 viví un momento fuerte de conversión y, aunque soy cristiano desde pequeño e, incluso, tomé la Primera Comunión con 9 años, en abril me di cuenta de que no estaba viviendo mi fe con fidelidad, coherencia ni integridad. Realmente, esto es un error más común de lo que parece. En muchas ocasiones actuamos como si no fuéramos del todo conscientes de que Jesús es una persona viva, como si no supieramos que ser cristiano no es seguir una ideología o una filosofía sino que, tal y como dice Benedicto XVI, ser cristiano supone tener un encuentro con Jesucristo vivo y resucitado, un encuentro que transforma por completo nuestra vida. Dice “El Principito” que cuando el Misterio es demasiado impresionante resulta imposible desobedecer. Sin embargo, en muchas ocasiones, nos vemos incapaces de seguir a Jesús de verdad y,  por ello, no logramos dar un testimonio eficaz y coherente de vida cristiana.
Hace unos meses un buen amigo me dijo algo que me marcó profundamente: “Viti, no sirve de nada que digas que has cambiado si a los dos días te vemos cayendo en los mismos errores”. Que uno sea cristiano no garantiza el no caer jamás. Sino que, ser cristiano, consiste en levantarse cada vez que uno cae. Además, Dios nos perdona cada vez que, tras tropezar, le pedimos perdón y nos ayuda a levantarnos. Pero la conversión supone un camino que requiere de nuestro esfuerzo diario y constante, teniendo plena consciencia de ello para ir mejorando día a día. Es lo que también llamamos superación, crecimiento y mejora personal. Exactamente es lo mismo, solo que los cristianos sabemos que resulta más eficaz hacerlo de la mano de Jesús. 

Vive atento al momento presente

Existe hoy mucha confusión sobre el término romano “Carpe Diem”. La gente suele traducirlo como “Vive el momento” y normalmente lo utiliza para vivir de modo hedonista, egoista e, incluso, de forma irresponsable. Sin embargo, la correcta traducción es: Aprovecha el momento. Por mucho que hayas vivido hasta ahora (es decir, hasta el momento en el que estás leyendo estas líneas) y por mucho que puedas seguir viviendo en el futuro (vivas más o menos años) el único momento que realmente te pertenece es este. Si bien nuestro pasado influye en mayor o menor medida en nosotros, aquello ya pasó. Es decir, lo que has aprendido puedes utilizarlo aquí y ahora para labrar un futuro. Pero lo que no puede ser es que tu pasado te lastre. Me he encontrado con personas que estaban amargadas, casi con mentalidad de anciano siendo jóvenes, como derrotados, porque “en el pasado me ocurrió esto y lo otro”. Y, si bien uno puede tener en el alma heridas que aún sangran debido a acontecimientos del pasado, es de lógica pensar que dichas heridas deben ser sanadas para que no se produzca una gangrena espiritual que nos impida avanzar e, incluso, que nos mate espiritual y mentalmente. Si eres creyente, sabes que nada es imposible para Dios y que Él con su Amor y Misericordia todo lo sana. Incluso aunque tu pasado sea un pasado lleno de pecado por tu parte. Dicen que “todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro”. Si no eres creyente, sabes que los psicólogos también recomiendan sanar esas heridas y hay métodos y terapias para hacerlo. Yo padecí una dura depresión durante varios años, un dolor interno que no me permitía avanzar, un sentimiento que lastraba mi vida cristiana. Solo cuando dejé que Dios actuase en mi vida y lo sanase, solo cuando con su ayuda puse los medios necesarios para sanar y me dejé ayudar por las personas que puso en mi camino, solo en ese momento superé la depresión. Pues para Dios nada es imposible. Por otra parte, ya lo dijo Él: “Quien echa mano del arado y mira para atrás no es digno del Reino de los Cielos”.
Con el futuro y nuestros temores ocurre lo mismo. Podemos caer en un miedo al futuro, en un temor a que en los años venideros no nos vaya bien, creyendo que vamos a fracasar… Sin embargo, esto solo revela desconfianza en Dios, en un Dios que es Padre, un Dios que a través del Hijo nos ha salvado y que con su Espíritu Santo nos ayuda en nuestro caminar. Y, nuevamente, ya dijo Jesús: “¿Por qué os agobiáis con el mañana? A cada día le basta su afán”.
Por tanto, querido lector, Dios nos invita a vivir el momento presente si de verdad queremos ser buenos cristianos, nos invita a estar atentos al aquí y ahora, al momento que nos está regalando, con confianza, siendo responsables y proactivos en nuestra vida. Pero, para ello, tenemos que estar atentos a ese momento presente. San Francisco de Asís cuando cuidaba a los leprosos no estaba amargado por su pasado de lujos y superficialidad, ni tampoco atemorizado pensando en el mañana. Sino que trabajó en el día a día labrando su santidad. De hecho, el Poverello había dado todo lo que tenía para seguir a Jesús y vivió un cristianismo fiel y proactivo.
San Francisco, un gran modelo proactivo y cristiano
Cristianismo proactivo

Para ser cristianos proactivos existen dos puntos fuertes que debemos tener presentes en nuestras vidas: cambiar el paradigma y ser fieles a unos principios.
Como ya he dicho antes, cuando uno se encuentra con Jesús, cuando uno descubre su Misterio, el cual es tan fuerte que resulta imposible desobedecerle, se produce un cambio radical en nuestra vida, un cambio que llega a la raíz de nuestra alma. Como ha dicho el Papa en Cracovia, no sirve para mucho pensar en un tiempo antes y después de Jesús si esto no se hace concreto en nosotros. No vale encontrarse con Jesús para seguir teniendo mal carácter o para seguir cayendo en los mismos vicios. Uno no puede vivir eficazmente la fe cristiana si no lo hace bajo el paradigma de la caridad, viendo en los demás no a enemigos sino a hermanos que tienen una dignidad como seres humanos creados por Dios. Decía el emperador Marco Aurelio que es antinatural denigrar a otro ser humano pues estamos hechos de la misma naturaleza, con un cuerpo y un alma en cierto modo similares. Y, realmente, así es. Por tanto resulta fundamental cambiar el paradigma. Debemos comprender que vemos el mundo no como realmente es, sino con los condicionantes que cargamos en nuestra mochila (nuestro pasado, la educación que hemos recibido, las ideologías o formas de pensar…). En el momento que optamos por seguir a Jesús debemos ver el mundo no con esos condicionantes sino con la novedad del Evangelio. Es decir, hemos de ver el mundo, ver a los demás y relacionarnos con ellos tal y como lo hizo Jesús: amando a Dios sobre todas las cosas, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos, honrando a nuestros padres, respetando la vida, viviendo una vida casta y honrada… cuando realmente somos cristianos, cuando pasamos del Evangelio a la vida y de la vida al Evangelio es cuando ese paradigma ha cambiado y los condicionantes previos han sido subyugados por el paradigma novedoso que nos enseñó y testimonió con sus obras y su entrega total al Padre, por puro amor a los hombres, Jesús de Nazaret.
No nos daña lo que los demás puedan hacernos sino nuestra forma de actuar en esas situaciones. No nos hace impuros lo que viene de fuera, sino lo que nace de nuestros afectos desordenados. Por ello debemos ser conscientes de esto si realmente queremos ser buenos cristianos. Podemos caer en el error de enemistarnos con quienes tienen otros criterios, o de sentirnos permanentemente ofendidos por el comportamiento de otras personas. Pero eso ocurre realmente cuando no seguimos fielmente a Jesús, que es manso y humilde de corazón. Si Él fue capaz de aguantar todo lo que aguantó en el Calvario ¿No vas a ser capaz de hacerlo tú? ¿Es acaso mejor el aprendiz que su Maestro? Por ello digo que no nos hace impuros lo que viene de fuera, sino lo que emerge de nuestro interior. Tema que, por otra parte, nos enseña Jesús en la Biblia. Por ese motivo los cristianos podemos comer carne de cerdo, algo que  judíos y musulmanes no hacen por considerarlo impuros. Sin embargo, si que podemos caer en la impureza cuando nos dejamos llevar por los afectos desordenados: envidias, rencores… por desgracia he visto esos comportamientos, y yo mismo he caído en ellos en alguna ocasión. Son comportamientos que nos llevan a ser tremendamente ineficaces como cristianos, convirtiéndonos en esa sal desalada o esa miel y siendo incapaces de aportar algo beneficioso a los demás algo que, nos impide evangelizar por mucho que lo intentemos. Cuando, por egoísmos y manías particulares, provocamos que alguien abandone nuestra parroquia ya que nos negamos a acogerle, estamos siendo ineficaces como cristianos. Cuando rechazamos a otra persona porque piensa diferente y le apartamos de nuestra vida, estamos siendo ineficaces. Y esto, creedme, será uno de los temas que caerán cuando Jesús nos examine una vez hayamos partido de este mundo. Por tanto, querido lector, vivir la fe de un modo eficaz resulta crucial para poder ser santos, para poder realizar de modo eficaz nuestra misión personal como cristianos. Si no lo hacemos así, por mucho que podamos anunciar a Jesús, serán palabras que caerán en saco roto. Pero, si sabemos ser cristianos eficaces, plantaremos una semilla en el alma de los demás que Dios hará germinar antes o después. Aunque, no basta con hablar o testimoniar con el ejemplo, sino que también tenemos el deber de orar por los demás.

La importancia de los principios y la responsabilidad

Debemos ser conscientes de que para mejorar como cristianos y como personas tenemos que cambiar “de dentro hacia afuera. Es decir, con un trabajo interno que provoque un cambio en nuestro comportamiento externo. Es difícil que uno pueda amar a su prójimo si internamente no decide amarle y si no trabaja por hacerlo. San Francisco de Asís antes de ayudar a los leprosos tuvo que hacer ese trabajo interno, con la ayuda y Gracia de Dios, para poder ser capaz de acercarse a uno de ellos, pues sentía un fuerte rechazo hacia estas personas. Cuando se vio preparado, y con la ayuda divina, se acercó a uno de ellos y le besó. Desde ese momento cuidó de ellos. Su paradigma había cambiado totalmente, comenzó a vivir su cristianismo de forma proactiva, fuertemente anclado en los principios Pero antes, como diría Ángel Lafuente “se lo había currado” con un trabajo previo e interno. Dicen que hay dos creaciones: la que proyectamos en nuestra imaginación (por ejemplo antes de decorar una casa, cuando pensamos en cómo va a estar decorada) y la que hacemos efectiva al decorarla (Es decir, cuando, tras comprar los objetos necesarios, decoramos la casa de la forma que previamente habiamos imaginado). Pues eso es lo que hizo San Francisco de Asís. Trabajó mentalmente antes de lanzarse a ayudar a los leprosos. Así es nuestra vida como cristianos y personas, así es el cambio que debemos hacer si deseamos mejorar: de adentro hacia afuera.
Existe una brújula infalible para poder vivir la fe de un modo eficaz: ser fiel a principios como la honestidad, la rectitud, el sentido de la justicia, la integridad, la dignidad humana, la actitud de servicio, nuestro potencial (la capacidad que tenemos de crecer y desarrollarnos), la paciencia y la educación… son “directrices para la conducta humana que tienen un valor duradero y permanente, indiscutibles porque son evidentes por sí mismos” (Stephen R. Covey). Habrá momentos de nuestra vida en los que quizá dudemos como actuar, momentos en que tal vez sintamos una turbación espiritual que no nos permita vivir la fe de un modo pleno. Es en esos momentos cuando estos principios aparecerán como una brújula o como un faros, siendo la guía de nuestra alma. Si sabemos que debemos vivir una fe honesta y recta siendo justos e íntegro y, si entendemos que todos tenemos una dignidad humana que debe ser respetada... si tenemos una actitud de servicio a los demás... si somos pacientes y educados y tenemos conciencia de que podemos mejorar… es muy difícil que nuestra vida humana y/o cristiana se estanque. Es más, me atrevería a decir que es imposible que eso ocurra por mucho que podamos llegar a tener alguna duda de fe ya que los principios emergerán como los cimientos que sostendrán nuestra alma en la flaqueza.
Pero, además de vivir bajo unos principios, debemos hacerlo con responsabilidad. Aunque seamos animales, Dios nos dotó de razón y nos dio una libertad que llamamos libre albedrío. Pero ese libre albedrío no es una libertad para hacer “lo que me da la gana” ni para ser esclavos de nuestros sentimientos (Siento y miento. Así me lo definió Monseñor Zornoza en su momento). Sino que el libre albedrío supone la capacidad interior que nos permite elegir entre dos posibles formas de actuar en cada momento de nuestra vida. De ahí la importancia de ser conscientes del momento presente. Tal vez caminamos por la calle y una persona nos pisa. Es posible que ni siquiera nos pida perdón. En ese momento debemos ser conscientes de que tenemos esa libertad interior y dos opciones: A) me cabreo y esto va a tener consecuencias para mí, pues voy a estar con resquemor por culpa de ese maleducado; B) me lo tomo con humor pensando “al menos no me ha pisado el otro pie” y perdonándole (algo que si soy cristiano tengo el deber de hacer), lo cual contribuirá a que mi alma esté en paz. Bien, pues la responsabilidad consiste, precisamente, en la habilidad que tenemos para responder en cada momento y circunstancia de nuestra vida. Una persona responsable optará por la opción B. De ese modo estará siendo proactiva, continuará creciendo como persona y como cristiano, siendo pacífico y manso. Una persona irresponsable optará, incluso siendo inconsciente de que toma esa decisión (es decir, actuando siendo esclavo de su sentimiento, de su siento y miento)... bueno, pues esa persona "reactiva" optará por la opción A, lo cual desde luego no le ayudará a crecer, por ello seguirá comportándose como alguien poco pacífico y nada manso. Humanamente quizá resulte difícil entender esto, motivo por el cual termino este apartado recordando algo que hace tiempo me enseñó una persona: “En cada momento de tu vida plantéate ¿Cómo actuaría Jesús? Eso te ayudará a ser mejor cristiano”.


Él es el Buen Pastor. Déjate guiar por su Misericordia

Dios actúa en lo concreto y la sencillez

Recordaba el Papa Francisco en la JMJ de Cracovia que Dios se encarnó en un pequeño niño que nació en Belén hace dos mil años. Podría haberse manifestado, decía, con poder y gloria, derribando los poderes temporales y aniquilando la maldad de este mundo con un simple golpe de viento (bueno, esto último es aportación mía). Sin embargo, sanó nuestra naturaleza participando de ella en todo, salvo en el pecado. Y lo hizo a través de una joven, la Virgen María, una mujer que se fio de Él y dejó que Dios obrase en ella. Decía el Papa que "el joven es inconformista, el joven es alguien que cree que es posible cambiar el mundo". Por ello, enseñaba,"cuando el joven conoce a Jesús y decide seguirlo de verdad es capaz de hacer grandes cosas". El Señor, decía el Santo Padre, “no mantiene las distancias sino que es cercano y concreto, está en medio de nosotros y cuida de nosotros sin decidir por nosotros”. Es decir, Dios respeta nuestra libertad interior pero, como nuestra alma está hecha para Él, tenemos que ser sencillos y humildes, dejándonos hacer por Él dándonos a los demás, cancelando distancias, viviendo en la pequeñez, transmitiendo el Evangelio de la manera más coherente y que produce mayor fruto: por irradiación de vida”. 
Es decir, también el Papa nos anima a ser cristianos proactivos, siendo positivos, transmitiendo vida a los demás. He visto a personas que, diciendo ser cristianas, durante la JMJ estaban más pendientes de aspectos externos (si el Papa lleva o no lleva tal prenda, si en tal Adoración tocaban determinado tipo de música o no, si una cruz en concreto era de no se qué forma...) en vez de escuchar lo que el Santo Padre nos enseñaba, en vez de alegrarse al ver tantos jóvenes vivir la fe en común. He estado en dos JMJ: Colonia 2005 y Madrid 2011. Una como peregrino, la otra como voluntario. Y puedo decir que realmente es impresionante la sensación de estar rodeado de personas a las que, aunque no las conoces personalmente, sientes como hermanas. Y esto sucede porque lo que aviva nuestra fe es, precisamente, compartirla. Si yo me encuentro con Jesús pero me lo guardo para mí, difícilmente esa semilla podrá fructificar. Si la comparto con mis hermanos, lo cual supone vivirla en comunidad pues la Iglesia es una asamblea, una comunidad, mi fe crecerá y se ensanchará. Si, además, doy testimonio de mi fe a personas que no conocen a Jesús, y doy un testimonio vivo de vida cristiana coherente e íntegra, mi fe se fortalecerá. Sin embargo, si vivo la fe tan solo para acusar a los demás de ser “tal o cual”, o para criticar que la Iglesia o el Papa “hacen o no hacen esto y/o lo otro”, esa fe no crecerá, no dará fruto. Por tanto, será una fe muerta, totalmente estéril e inservible. Por otra parte, el mismo Jesús nos enseñó que no debemos juzgar a los demás, ya que eso corresponde a Dios. Un sacerdote amigo mío dio una homilía espectacular hace unos años. Nos dijo que cuando acusamos estamos señalando a otra persona, apuntándola, nuestra mano toma la forma de una pistola. Pero, mientras un dedo apunta a esa persona, otro dedo nos está apuntando a nosotros. Es decir, te acuso “de”, me acuso “de”. Cuando criticamos algo de los demás, realmente nos estamos criticando a nosotros mismos. Pero, además, en ese gesto hay tres deditos juntos y escondidos. Son tres dedos que simbolizan la Santísima Trinidad y simbolizan también que, en realidad y efectivamente, tan sólo Dios tiene la plena potestad de juzgar pues Él conoce bien el corazón de cada ser humano.
El Papa Francisco, además, nos enseñaba que cuando se cometen fallos lo importante es pedir perdón a Jesús, para volver a estar pendientes de él como María, la hermana de Marta y de Lázaro de Betania. Como dije antes, no es tan importante no caer sino que, en realidad, lo importante y vital para nosotros es saber levantarse cuando caemos. Evidentemente, cuando uno peca tiene que tener propósito de enmienda y pedir perdón al Señor. Ese propósito de enmienda supone la intención firme de no caer en ese pecado, o en esos pecados. Pero lo importante es levantarse cuando se cae. Como dice el Papa, Jesús está siempre ahí esperándonos, con la mano tendida para ayudarnos a levantarnos. Dios no es alguien terrible que está esperando la menor ocasión para lanzar un rayo sobre nosotros y destruirnos. No quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva. Dios es ese Padre amoroso de la parábola que esperaba la vuelta del hijo pródigo. Tenía esperanza en que ese hijo volvería y, cuando volvió, le perdonó colmándole de besos y abrazos. Pues así es Dios en nuestra vida. Cada vez que caemos espera pacientemente nuestra vuelta a casa y, cuando volvemos a Él, nos tiende la mano para perdonarnos y ayudarnos a comenzar de nuevo. 

Conclusión: Comencemos hermanos

Cuentan que, durante cada día de su vida, San Francisco de Asís decía a sus compañeros esta frase, comencemos hermanos. Los frailes, al principio, le miraban extrañados. Finalmente comprendieron lo que el Poverello quería decirles. Nuestra conversión no llega a ser perfecta. Nuestra vida cristiana no llega a ser plena en esta vida, pues Dios hace todas las cosas nuevas y cada día que nos regala es una nueva oportunidad para seguir mejorando y creciendo como personas y como cristianos.
Personalmente me ha costado, como dije al principio, ser consciente de esto. Suelo decir que, aunque soy madridista, me considero discípulo de la filosofía del “Cholo” Simeone: partido a partido, jornada a jornada… cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo de nuestra vida es un regalo que el Señor nos hace, es pura gracia, puro don de Dios, es una nueva oportunidad para ser cada día un poquito más santos. Esto lo lograremos si confiamos plenamente en Él, en su Misericordia, si avanzamos cada día un poquito más, si cada vez que tropezamos nos levantamos con su ayuda, si cuando retrocedemos un paso avanzamos dos. Por eso es vital vivir nuestra fe, nuestra vida, centrados en el momento presente. Solo siendo conscientes del momento presente podremos obrar cumpliendo la voluntad de Dios. Solo atendiendo el aquí y ahora que Dios nos regala en cada momento de nuestra existencia, podemos pulir nuestros defectos y potenciar nuestras virtudes. Solo siendo conscientes de que el momento presente es el único que te pertenece puedes comenzar a ser cristiano de verdad. Y comenzar a ser cristiano de verdad no es una decisión definitiva. Es decir, no se trata de algo que se decide en un momento concreto de nuestra vida y después nos olvidamos de ello. Sino que comenzar a ser cristiano de verdad debe ser nuestro deseo cuando nos levantamos cada mañana. Te invito, por ello, a que cada vez que te despiertes digas “Señor, comienzo a ser cristiano de verdad, ayúdame”. O, si no eres creyente, “comienzo a ser mejor, a crecer, a mejorar” tomando con ello conciencia de cómo has de vivir esa nueva jornada.
Un último consejo. Para cambiar, para mejorar, para ser mejor persona y/o cristiano no te centres tanto en el “tener” como en el “ser”. Es decir, no digas “tengo que mejorar” sino “quiero mejorar”. Lo segundo es mucho más profundo y tiene mayor sentido que lo primero, pues es un deseo noble que nace de lo más íntimo de tu alma.
Y recuerda: se proactivo, no reactivo. Paz y Bien.


miércoles, 6 de julio de 2016

AMAR, LA MEJOR MEDICINA CONTRA LA DEPRESIÓN

Venid a mí los que estéis cansados y agobiados (Evangelio segúnSan Mateo: 11,28)

Comparto este texto escrito hace unos meses por un amigo mío. Creo que es realmente iluminador y motivador:

En el mundo en el que vivimos, en el que reinan las prisas, el ajetreo, las numerosas preocupaciones, en el que se priorizan aspectos más superficiales (como el dinero, el hedonismo y el placer, la reputación profesional, el poder, los bienes materiales) frente a otros más profundos (como son la caridad y el amor, la amistad, la solidaridad, el compañerismo, la empatía, etc), no son pocos los casos de personas que padecen depresión.


Muchas veces nos dejamos llevar por la rutina, muchas veces hemos llegado a perder el sentido a muchas cosas que hacemos. Ya casi no tenemos tiempo, o no buscamos tiempo, para pararnos a pensar: ¿Qué sentido tiene esto que estoy haciendo?

Parece que hemos perdido el norte. Hemos perdido el verdadero sentido de nuestra vida, o simplemente, hemos preferido únicamente las aspiraciones terrenas: conseguir un buen puesto de trabajo (más que hacer bien nuestro trabajo, estemos donde estemos), ganar mucho dinero, encontrar a una mujer atractiva/hombre atractivo, comprar una o más casas, uno o más coches. Los hombres y mujeres de estos tiempos hemos perdido el rumbo y lo hemos fijado sobre nosotros mismos, con lo cual hemos caminado y caminamos errantes, como un barco sin dirección, a la deriva, dando vueltas sobre nosotros mismos.

Y lo más grave: hemos dejado de amarnos los unos a los otros. Y más serio aún: hemos expulsado a Aquél que da sentido a toda nuestra vida, con sus sufrimientos y sus alegrías, con sus momentos de paz y sus momentos de turbación; hemos expulsado a Dios de nuestras vidas. Algunos todavía creemos en Él, en Dios Padre, en Su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo, pero nuestro trato con Dios es, muchas veces, superficial, o insuficiente. Otros, al expulsar a Dios de sus vidas, lo han sustituido por otros dioses terrenos como el dinero, el poder, el placer o el prestigio (pues el hombre no puede vivir sin Dios, y si expulsa al Dios Verdadero, al final acaba por ponerse otros falsos dioses, aquéllos que, según el Salmo 16(15), no satisfacen al hombre, “Los dioses y señores de la tierra no me satisfacen”).

Y no es casualidad que cuando expulsamos a Dios de nuestras vidas, como todo Amor Verdadero procede de Él, el hombre deja de amar. O acaba amando cada vez menos, y de forma más desordenada. Deja de amar auténticamente a las personas y acaba amando más a las cosas y a sus pasiones (un amor que no es verdadero, pues las personas hemos sido creadas para ser amadas, mientras que las cosas han sido creadas para ser utilizadas, aunque, por desgracia, hoy día sucede al revés), se hace esclavo de ellas. ¿Cómo es que, por ejemplo, ya “no está de moda que un matrimonio perdure hasta que la muerte de uno o ambos cónyuges los separe”? Parece algo anticuado, de otra época, ahora parece que lo que se lleva es casarse (o ya ni siquiera eso, sino simplemente vivir juntos) hasta que “la llama del amor se apague” o “ella se fije en otro hombre o él se fije en otra mujer”. Ya no hay amor verdadero, con compromiso de por vida, tan sólo un encaprichamiento que busca satisfacer las pasiones inmediatamente y que no busca realmente darse al otro, sino usar del otro para sacar placer, o algún otro beneficio, pero no para buscar hacer feliz al otro. Sin la Presencia de Dios, el auténtico amor no está presente y los hombres vamos poco a poco dejando de amarnos. Sustituimos nuestro amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos por un amor desmedido a las cosas, por una esclavitud de nuestras pasiones, caprichos y vicios, y nos hacemos insensibles a las verdaderas necesidades materiales y espirituales de nuestros hermanos.


Vivimos en una realidad interdependiente ¡Ayudémonos!


Las necesidades materiales de los demás son más fáciles de ver: techo, alimento, vestido, salud, empleo, etc. Pero las necesidades espirituales (tanto las nuestras como las de los demás) no lo son tanto, sobre todo si hemos estado alejados de Dios mucho tiempo, y son incluso más importantes que las corporales. Esto sólo lo podremos entender si buscamos a Dios con sincero corazón. No en balde, el Primer Mandamiento de la Ley de Dios es “Amarás a Dios sobre todas las cosas” o, dicho de forma un poco más desarrollada, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-5). Y muchas veces nos cuesta entenderlo y vivirlo (es más, sin duda, éste es tal vez el Mandamiento que más nos cuesta vivir de todos); El Señor puso este Mandamiento en primer lugar pues el hombre ha sido creado por Él, por amor y, aunque muchas veces el hombre no se da cuenta de ello, su corazón busca ardientemente a Dios. Lo que sucede es que, muchas veces, los hombres y mujeres entendemos los Mandamientos como una “lista de obligaciones y prohibiciones”, e incluso, de forma más errada aún, como “una privación de nuestra libertad”, porque “no nos deja hacer lo que nos apetezca”, y ese “lo que nos apetezca” resulta que no siempre es lo que más nos conviene, es decir, que no nos va a dar la felicidad , puesto que al final suele ser “me apetece dejarme llevar por mis pasiones y satisfacer mis deseos carnales y mundanos (no sólo lujuria, sino también gula, avaricia y, el peor de todos los pecados capitales, la soberbia)” o “es que no me apetece ir a trabajar, me quedo en la cama (pereza) y me invento cualquier excusa (mentir) para contarle a mi jefe que no puedo ir al trabajo”. Pero, al final, nos damos cuenta de que esas pasiones que parece que nos dan más libertad, en el fondo nos esclavizan más y, por el contrario, los Mandamientos de la Ley de Dios nos ayudan a ser más libres, pues todo lo que procede de Dios es la Verdad, y Jesús dijo: La Verdad os hará libres (Jn 8, 32).

Cuando el hombre toma conciencia verdadera de que su fin último es encontrarse cara a cara con Dios, y pone todos los medios para ello, ya por fin ha recuperado el norte, el rumbo de su vida, ya deja de ser como un barco a la deriva. Podrá enfrentarse a tempestades, vendavales, fuertes oleajes, etc, pero si permanece en el Amor de Dios, llegará a su destino. Pero si el hombre ha perdido el rumbo, tarde o temprano perderá el sentido a esta vida, y caerá en esa pandemia psicológica y espiritual que afecta a buena parte de la población mundial: la depresión.

La depresión es, por tanto, una de las consecuencias del pecado, es decir, de apartarse de Dios, de expulsar a Dios de nuestras vidas y de sustituirLe por otros dioses de plástico, dioses totalmente efímeros y falsos: el dinero, el poder, el placer, el honor, el prestigio, etc (y no olvidemos que el demonio se sirve de todos ellos para que el hombre se deje llevar de forma desordenada por poseerlos cada vez más y para que, con ello, llegue a cometer cada vez más abominaciones, pues lo que pretende el diablo es conseguir apartar al hombre de Dios). 

Por tanto, sin descuidar ni despreciar la psicoterapia ni los tratamientos médicos, la verdadera cura contra la depresión consiste en volver a aceptar en nuestra vida a Dios. Él siempre nos espera con los brazos abiertos, como el Padre de la Parábola del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-32) a su hijo menor extraviado. Aceptemos también a la Santísima Madre de Dios, la Virgen María, Ella es Nuestra Madre y nos ama con amor de madre, y no deja de rogar a Dios por todos y cada uno de nosotros.

Pero no nos guardemos para nosotros mismos todos los bienes que hayamos recibido de Dios, sino comuniquémoslos a los demás: los buenos frutos, compartidos, siempre darán más y mejores frutos, mientras que si nos los guardamos para nosotros mismos, acabarán pudriéndose. ¿Acaso los empleados que recibieron cinco o dos talentos no trabajaron a fin de que sus talentos produjeran más talentos, más frutos? Seamos como los empleados fieles y cumplidores de esa Parábola de los Talentos (Mt 25, 14-30), y no como el empleado holgazán, que tuvo miedo, enterró el talento y se desentendió. ¿Y cómo podremos hacer que fructifiquen? Pues primero, con la Oración y los Sacramentos (Confesión frecuente y Eucaristía, por lo menos dominical y cualquier otra fiesta de precepto, y mejor si además puede ser diaria) y, una vez recibamos ahí el Amor de Dios, podremos transmitirlo mediante la caridad a los demás, cada uno con los talentos que del Señor hemos recibido (hay multitud de ocasiones para transmitir dicho amor, por ejemplo en casa, en nuestro ambiente de colegio, universidad, academia o trabajo, cuando nos vamos a tomar unas cervezas con los amigos, cuando nos vamos de excursión con ellos, en el deporte, o también en los ambientes parroquiales, en las convivencias, en los campamentos, etc).

El enemigo quiere hacerte caer. Pero Dios está a tu lado para ayudarte
 Y otra cosa muy importante: no pasemos demasiado tiempo en soledad (aquí, que cada uno discierna si la soledad le ayuda a encontrarse más con El Señor o, por el contrario, le predispone más al pesimismo y la depresión; algunos momentos de soledad pueden ser buenos para encontrarse con El Señor y conocerse más a uno mismo, pero una soledad muy prolongada, puede no ser muy buena). El enemigo nos ataca más fácilmente cuando estamos solos (otra cosa es que, como acabamos de comentar, podamos necesitar momentos de soledad para estar con El Señor y con nosotros mismos). Y si sentimos que algo nos perturba la paz, aparte de contárselo al Señor, contémoslo a alguien en quien confiemos: nuestros padres, hermanos, amigos, algún sacerdote, director espiritual, etc.

Todo esto es, sin duda, la mejor medicina contra la depresión: primero, reconocerse necesitado por Dios y saberse amado por Él; segundo, corresponder a Su Amor (Dios nos ha amado mucho antes de habernos formado en el vientre materno, desde toda la Eternidad, y para amarLe, debemos primero sentirnos amados por Él) y tercero, transmitir ese Amor a los demás e invitarles a que ellos también se encuentren con El Señor. Y esto debemos practicarlo durante toda la vida.

¿Acaso una planta no necesita que la abonemos, que la reguemos, que la podemos y que le dé la luz del sol? Una planta requiere de todo nuestro cuidado y, si la descuidamos, probablemente se seque, se pudra o se la coman los insectos, las alimañas y las malas hierbas. Nuestra alma es como una planta: necesitamos alimentarla del Amor de Dios y para ello, necesitamos frecuentar nuestra amistad con Jesús en la Reconciliación y la Eucaristía, así como en la Oración, para luego transmitir el Amor recibido a los demás hermanos (que es como los frutos que da esa planta, pensemos, por ejemplo, en un árbol frutal o en una hortaliza, quienes hayan cultivado alguna vez un huerto lo entenderán mejor). Y no olvidemos, además, que toda obra de caridad que practiquemos con cada hermano, la estaremos practicando con Cristo Mismo (Mt 25, 34-40).

Por tanto, si estás leyendo esto, si padeces algún tipo de depresión, si has perdido el sentido a tu vida, pero en el fondo sientes en tu corazón que deseas volver a encontrarte con Dios (aunque sientas que las pasiones te dominen, no te preocupes, El Señor conoce todas nuestras debilidades), ¡no tardes, no esperes a mañana! ÁbreLe a puerta y Él entrará a cenar contigo (Ap 3,20). Busca a algún sacerdote y habla con él; si es un buen sacerdote, no se lo contará absolutamente a nadie y te dará buenos consejos.


Y, finalmente, en este Año de la Misericordia, es una buena ocasión practicar las Obras de Misericordia Corporales y Espirituales:

Obras de misericordia corporales:

1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:

1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

miércoles, 22 de junio de 2016

"Crónica de un Cantar Hispano", mi primera novela histórica. Un aperitivo



Como primicia, ante la pronta publicación de mi primera novela histórica "Crónica de un Cantar Hispano", perteneciente a la saga "La Leyenda del Stellarium Chronicorum os ofrezco el primer capítulo como aperitivo.

Muy pronto, en Amazon... la Leyenda saldrá a la luz




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Roma, Italia, año 68 después de Cristo

“¡Huye, Julia, huye!” fueron las últimas palabras que escuchó en aquella triste noche, dos años antes. Un grupo de soldados romanos habían irrumpido violentamente en la sala donde celebraban la Eucaristía. Sucedió durante la lectura del Evangelio. Ese día, como si de una premonición se tratase, se leían las Bienaventuranzas. Fuertes gritos desde el exterior contrastaron con un repentino y tenso silencio en la sala. Una voz agria y ruda les conminó abrir la puerta. Pese a la creciente sensación de miedo, abrieron a los soldados. Estos, movidos por la rabia y el odio, comenzaron a atacar a los cristianos. Varios ancianos cayeron al suelo. Uno se golpeó la cabeza y comenzó a sangrar. En ese momento, como impulsada por una fuerza externa, Julia Alba corrió hacía el lugar donde se custodiaban las Sagradas Formas. Por la confusión del momento no la vieron esconderlas bajo su ropaje. Siempre llevaba consigo una pequeña bolsa de cuero en la que guardaba la Sagrada Comunión para los hermanos enfermos.
Con miedo, casi temblorosa, aunque con firme decisión, se acercó a varios hermanos que había visto esconderse. Mientras caminaba, contempló los forcejeos entre cristianos y soldados. Sintió gran dolor al ver a Gayo, un liberto recientemente convertido al cristianismo, yacer inerte en el suelo, cubierto de sangre. Quedó horrorizada cuando un soldado degolló sin contemplaciones a una mujer ciega. Se acercó a varios jóvenes entre los cuáles se encontraba un presbítero. Este quiso quedarse, para dar su vida por Cristo. El hombre, llamado Mateo, pidió a Julia Alba que llevase a los demás a un lugar seguro. “Huye, Julia, huye” fueron las últimas palabras pronunciadas por este valiente sacerdote en cuyo corazón, pocos minutos después, se clavó una daga que le provocó la muerte instantánea. Julia Alba le hizo caso. Sin que la vieran los soldados, llevó consigo a sus jóvenes compañeros hasta una ventana por la que huyeron. Fueron los únicos supervivientes de aquella masacre. Salvaron la vida liderados por una mujer cuya vida iba a cambiar radicalmente desde entonces. Era patricia, hija de un senador, el carismático Sexto Julio Carbo. Era huérfana de madre y la menor de seis hermanos. Su padre, aunque de carácter austero, se preocupaba constantemente porque a sus hijos nunca les faltase de nada. Se lo había prometido a Aurelia, su difunta esposa, quién debido a complicaciones que aparecieron durante el parto falleció pocos días después de nacer Julia. Era un padre entregado en cuerpo y alma al bienestar de sus retoños. Sexto Julio Carbo, que por entonces tenía cincuenta años, era un hombre muy culto. Quería que sus hijos recibieran una correcta enseñanza académica. Una de sus principales obsesiones era que conocieran y comprendieran a los filósofos griegos. Estos pensadores cautivaron especialmente a Julia Alba, siempre interesada por las grandes cuestiones que inquietaban a la humanidad, entre ellas la posibilidad de una vida tras la muerte. Aunque hasta su conversión no había oído hablar de Jesús de Nazaret era, en cierto modo, muy cercana a lo que él predicaba: tenía gran inquietud por la búsqueda de la verdad y se preocupaba por los pobres y desvalidos, a quienes no solo daba limosna, sino también llevaba alimento y ropa de abrigo. No era muy religiosa, pues en los dioses tradicionales romanos no encontraba respuesta a sus preguntas.

Tras escapar de los soldados llevó a sus compañeros a la Vía Appia, concretamente a la tumba de Cecilia Metella[1]. Conocía el lugar, sabía que por la noche nadie se acercaría por allí. Mientras los jóvenes dormían, planificó el plan a seguir: Al día siguiente irían a Ostia, puerto marítimo de Roma, donde podrían refugiarse haciéndose pasar por mercaderes. Marco, su tío, era mercader. Le había visto trabajar en más de una ocasión y lo que le había enseñado de ese mundo le permitía fingir ser una de ellos. Durante toda la noche permaneció en vela, atenta a cualquier ruido sospechoso. Trató de pensar en los pasos que debía dar a partir de ahora. Era consciente de que, como hija de un senador, irían a buscarla. Temía las consecuencias de que la encontrasen tras haber huido en aquellas circunstancias y con varios cristianos. Sobre todo quería evitar problemas a su padre, que no era especialmente querido por Nerón, con quien tenía una hostilidad mutua. Debía huir. Sabía que Pablo de Tarso había tenido intención de viajar a Hispania para anunciar el Evangelio y casi al instante decidió seguir su estela.
Se palpó la túnica y vio el recipiente donde había guardado las sagradas formas. Estaba intacto, no se había caído ninguna. Julia se sintió inquieta y temerosa por el futuro. Julia Alba, que había tenido una vida relativamente fácil hasta entonces. Julia, que tiritaba de miedo en aquella oscura noche donde ni siquiera la Luna se atrevía a emerger entre las nubes. Julia, que temblorosa rezaba a Dios para que les protegiera. Julia, que no comprendía aquella terrible injusticia. ¿Qué culpa tenían sus hermanos de lo sucedido durante el incendio? Julia Alba, en definitiva, la patricia que había salvado la vida de unos muchachos plebeyos.
Todo había comenzado dos años antes, el 22 de julio del año 66, tres días  después de un pavoroso incendio que asoló Roma. Los cristianos fueron acusados por el emperador Nerón de provocar el fuego. Aunque la comunidad cristiana era aún pequeña, estaba experimentando un notable crecimiento en los últimos años a raíz de la carta que Pablo de Tarso había escrito a los romanos hacía nueve años. El Apóstol hablaba de una salvación que no era exclusiva del pueblo judío: todos podían salvarse en Jesús. Esto animó a muchos romanos a convertirse al cristianismo. También a Julia Alba. El descubrir que alguien había sido capaz de dar su vida en rescate por todos los hombres produjo un fuerte cambio en ella. Escuchaba a los cristianos predicar la vida, obra y mensaje de Jesús y sentía como su alma se ensanchaba y ardía de un modo hasta entonces desconocido para ella. Aquel Dios hablaba de amor y de la vida eterna, prometiendo ambas a la humanidad. Era un Dios que había venido a sanar a los enfermos y curar a ciegos y sordos. Julia Alba se había sentido interpelada por el mensaje cristiano y comenzó entonces un camino de conversión que le  había llevado a ser bautizada en el año 61. Tras ello colaboró en el cuidado y atención de los más pobres y ancianos de la comunidad. Celebraban la Eucaristía en una domus eclesiae[2] de Roma, perteneciente a una familia de comerciantes cuyo paterfamilias[3] había conocido el cristianismo durante un viaje a Judea. La incipiente comunidad cristiana había podido practicar en aquella Domus su fe en un clima de cierta calma hasta que todo cambió con el gran incendio. Media Roma fue arrasada por las llamas. Al día siguiente, Julia Alba había salido de su casa, en el Palatino, para ayudar a los heridos. Contempló, desolada, que todo había sido reducido a cenizas. ¡Su querida y bella ciudad había sido convertida en escenario de muerte! El templo de Júpiter y la casa de las Vestales estaban totalmente calcinados. En cuanto a las casas más humildes, eran un amasijo de cenizas del que aún salía una negra humareda. Esta visión causó tremenda desazón en ella. Su amada Roma, con sus miserias y grandezas, había sido destruida. ¿Por qué? ¿Quién podía hacer algo así con su magnífica ciudad? Se sospechaba que tras aquel incendio estaba el emperador Nerón, quien pronto culpó a los cristianos, que comenzaban a ser odiados por una clase dirigente que utilizaba la religión romana con fines políticos. Sin embargo, los romanos cristianos no eran muy distintos de sus paisanos en su vida diaria., aunque tenían notables diferencias con ellos: no daban culto a los dioses paganos, no veneraban al emperador como un dios e, incluso, algunos comenzaban a optar por consagrar su vida al celibato por amor a Dios. Estas cuestiones no eran entendidas por los demás romanos, quienes comenzaban a recelar de aquel tan extraño. Julia Alba, siempre crítica con las verdades oficiales que las autoridades imperiales proclamaban, se preguntaba si Nerón podía realmente ser tan malvado.
La joven, ya desde antes del incendio, era vista con recelo por parte de su familia. No adoraba a los dioses familiares, los Lares, los domingos se iba temprano de casa sin decir a dónde, algo impropio de una muchacha de su clase y, para colmo, se juntaba con personas de dudosa reputación, especialmente por su pobreza. Julia la rebelde; Julia, la que no seguía las creencias tradicionales romanas… Su padre, sin embargo, permitía aquel comportamiento, aunque no lo comprendiera, debido al gran aprecio que sentía por su hija. Julia Alba era una muchacha sensible, pero con una fortaleza de espíritu que le ayudaba a soportar las críticas de su abuela, que le reprochaba que se relacionase con “aquellos menesterosos”. Julia, la patricia que se juntaba con los más pobres de entre los pobres. Julia, quien tenía amistad con esos extraños romanos que seguían a un judío crucificado en tiempos de Tiberio… Algunos de sus familiares pensaban que había enloquecido.

Durante los dos años siguientes al incendio de Roma, la comunidad cristiana a la que acudía Julia decreció. Poco a poco los cristianos eran detenidos y condenados a muerte. Perecían desgarrados por fieras, crucificados o quemados en un espectáculo dantesco al que muchos romanos asistían con una sonrisa sardónica. Disfrutaban, pese a que veían morir injustamente a antiguos conocidos suyos. La propaganda de Nerón estaba surtiendo efecto. El populacho era amante del pan y el circo con que era cebado por las autoridades imperiales. Sin embargo, ver la firmeza y entereza de los cristianos, quienes cantaban y alababan a Dios en medio del sufrimiento, hizo que muchos romanos se preguntasen por qué no lloraban desesperados.

Llegó el amanecer de aquel 23 de julio en el que Julia Alba vería por última vez su ciudad natal. El sol comenzaba a abrirse paso entre las tinieblas nocturnas, momento que aprovechó para despertar a los cinco jóvenes que la acompañaban. Decidió que a cuatro de ellos los enviaría a Alejandría, donde conocía a algunas personas que podrían hacerse cargo de los muchachos. Le pareció que aquella ciudad sería un buen lugar para que continuasen su formación, pues destacaba como una de las ciudades más cultas del mediterráneo. Roma, que tenía demasiados frentes abiertos en aquella región del mundo, no se preocuparía de perseguirlos. Mientras que el quinto joven, Lucio Flavio Agrícola, iría con ella a Hispania. Este muchacho, aunque era un año más joven que ella, destacaba por su gran fortaleza física y una gran sensibilidad espiritual, lo que le llevaría a realizar grandes cosas en su vida. Además el joven había estado allí de pequeño, pues su padre era soldado, por lo que conocía el terreno y podía llegar a ofrecer cierta protección.
Comenzó a amanecer. Los jóvenes se despertaron y. Julia Alba les explicó el plan:   
Tranquilos, conozco personas en Alejandría que os ayudarán, podréis seguir estudiando allí y nadie os molestará por vuestra fe. Os prometo que os escribiré con frecuencia. Seguro que algún día podréis venir a Hispania Les prometió. Cecilio, Quinto, Antonio y Livio escucharon con incertidumbre y sentimientos entremezclados. Tenían miedo, pero confiaban en ella, sobre todo cuando leyeron la carta dirigida a sus benefactores de Alejandría.

Mientras tanto, Sexto Julio buscaba a su hija. No dejaba de preguntar a los criados si la habían visto. El hecho de que no hubiera dormido en casa le preocupaba enormemente y estaba asustado.
­­Ves? Sabía yo que esas malas compañías iban a meter a Julia en problemas, te lo dije gruñó amargamente la abuela, ante lo cual el paterfamilias respondió que no dijese tonterías.
Alrededor de la hora sexta alguien llamó insistentemente a la puerta. Una esclava abrió y se encontró con un hombre que pidió hablar con Julio, pues tenía algo que decirle sobre su hija.
Créame, han visto salir esta mañana a su hija acompañada por cinco jóvenes en dirección al puerto de Ostia aseguró el recién llegado.
¿Pero por qué iba a hacer una cosa así? Nunca se iría de Roma sin avisarme, ha tenido que ocurrir algo dijo, titubeante, el angustiado padre.
Lo único que se sabe es que anoche se produjo un asalto por parte de soldados imperiales, a una casa donde se reunían miembros de esa extraña secta a la que llaman cristianos. Desconozco si su hija estaba allí pero, según tengo entendido, uno de los chicos que la acompañaban forma parte de ese grupo respondió con voz queda.

La mención de esa palabra, cristianos, hizo reflexionar a un Sexto Julio que no terminaba de comprender. Ciertamente había observado cambios en su hija, pero tenía claro que no podía ser cristiana. No era una niña muy dada a la espiritualidad. Sexto Julio Carbo pensaba que su hija, por el mero hecho de sentir pasión por la filosofía, estaba totalmente alejada de la creencia en los dioses.
Aunque es cierto que su actitud con los pobres se asemeja a lo que hacen los cristianos reflexionaba. Eso de dar limosna a los mendigos, hablar con ellos, ir a cuidar enfermos... ¡incluso leprosos! No eran cosas habitualmente practicadas por los romanos. Y menos por un patricio. Sin embargo, esos cristianos lo hacían. Sexto Julio aún recordaba una vez en la que oyó decir a un cristiano lo que Jesús había predicado: “Bienaventurados los pobres en espíritu porque de ellos es el reino de los cielos”. Julio nunca había entendido esta frase: ¿cómo un pobre podía ser feliz? Aunque el senador era un buen hombre, pues siempre trataba de auxiliar a quien se lo pedía, no podía concebir la felicidad en alguien que se encontraba en situación de pobreza. Con estas reflexiones en la mente se puso en camino hacia Ostia, montado en su caballo. Confiaba en encontrar allí a su hija y, sobre todo, quería comprender el por qué de su huida, pues esto le atormentaba especialmente.
 ¿Habré sido mal padre? se preguntaba.



[1] Dama romana de la que apenas se conservan referencias históricas. Perteneció a la familia de los Cecilio Metelo. Probablemente fue hija de Quinto Cecilio Metelo Crético y esposa de Marco Licinio Craso, heredero del compañero de triunvirato de Pompeyo y César.
[2] La Domus Ecclesiae  era un edificio privado adaptado para las necesidades del culto donde se reunían las primitivas comunidades cristianas antes del Edicto de Constantino del año 313 d.C
[3] Término latino para designar al "padre de la familia”, tenía jurisdicción plena sobre su familia y siervos.

jueves, 2 de junio de 2016

La vida es un viaje que se debe hacer con calma y perseverancia

He vuelto a Málaga siete años después. Estuve a finales de abril de 2009, poco después de dejar el Seminario. Como mis lectores mas fieles sabéis, entre marzo de ese año y junio de 2012 tuve una fuerte depresión de la que terminé de curarme en diciembre de 2012, momento en el que tomé conciencia de que había superado del todo aquella depresión. Sobre como la superé hablo en este post. He querido volver ahora a la bella y milenaria Málaga, pues en 2009 no pude disfrutar de una ciudad que me parece bella, con buen clima y buenas gentes. Aquel año fui con mi familia y, aunque visitamos los lugares y edificios emblemáticos de tan bella urbe, mi cabeza en aquellos momentos no estaba para ver arte o sitios históricos.

La vida es un viaje apasionante, camina en buena compañía


Siempre comparo la depresión con el perro negro de Felipe II. También con el "perro del hortelano", pues ni come ni te deja comer, ni vive ni te deja vivir. Se trata de un perro que te atemoriza, te atenaza y llega a cortarte la respiración, un perro que te absorbe toda tu energía con el fin de impedir que salgas adelante. Recuerdo aquellos años de mi depresión cuando me decían "pero anímate, tienes motivos para ser agradecido con Dios". Tenían, y tienen, razón, pues puedo dar gracias a Dios por muchas cosas de mi vida. Pero en aquella primera visita a Málaga, mientras paseaba por ella trataba de animarme, de disfrutar de la Alcazaba o de la gastronomía malagueña, sin embargo venía el perro negro, se "ponía" a mi lado y me absorbía de tal modo la energía que me incapacitaba para poder ser feliz, o al menos eso me hacía creer. Esto mismo me sucedió durante esos años entre 2009 y 2012, pues trataba de ser feliz, de disfrutar de mis amigos, de sentirme bien disfrutando de cosas sencillas como escuchar Milenio 3, por ejemplo. Pero entonces venía el perro negro, se sentaba junto a mí y me quitaba toda la energía y vitalidad mental del mismo modo que un vampiro te chupa la sangre. Un perro negro que, además, no se conformaba con eso, sino que me decía "Tu vida no tiene sentido ya, no has podido ser sacerdote, que es lo que querías, nada te merece la pena". Es decir, aún tenía puesto mi foco de atención en el Seminario. Quería ser cura y me empeñaba en que debía serlo a toda costa porque sino todo lo que había vivido los años anteriores (peregrinaciones con la Diócesis, el curso Introductorio del Seminario, vivencias con la parroquia) carecía totalmente de sentido. Lo cual es, en cierto modo, lógico pues había volcado toda mi vida hacia el sacerdocio renunciando a otras cosas para ello y el hecho de salir del Seminario fue traumático para mí. En resumen, la depresión es un perro negro que, además de dejarte sin energía, sin ánimos, de alienar tu espíritu, distorsiona tu foco de atención haciendo que tu cabeza tan solo piense en aquello que te hace daño. De ese modo te obsesionas, precisamente, con lo que menos bien te hace.

Con el tiempo, gracias a los buenos amigos que ya tenía y a otros que se subieron en mi autobús vital, logré superar la depresión. Salí muy fortalecido de aquella vivencia de tres años y medio  en compañía de ese perro negro al que conseguí expulsar de mi vida la noche del 9 de junio de 2012 cuando alcé la mirada al cielo, tras una velada en buena compañía escuchando aquella inolvidable Alerta Ovni que me hizo reencontrarme con mi yo de 13 años y vi, entonces, una preciosa, y enigmática, luminaria cruzando el cielo de la sierra madrileña. Desde ese momento cambié el foco de atención en mi vida y me dí cuenta de que, por mucho que considere que la vida sacerdotal es interesante y los curas hacen una buena labor, aquella no era mi vocación. Comprendí que tengo mucho que aportar a los demás, que puedo aspirar a dejar una huella positiva en el mundo, pero que lo haré como escritor y comunicador estableciendo, además, relaciones sinérgicas de colaboración con otras personas. Esa es mi verdadera vocación.

Déjate ayudar y confía en Dios


Cuento esto porque, en esta ocasión, si que he podido disfrutar de Málaga, paseando por sus calles, disfrutando de la conversación en compañía de buenos amigos, conociendo rincones añejos que no había visitado anteriormente y otros que en 2009 aún no existían o, al menos, no eran como ahora. Escribo esto porque me encanta viajar para conocer lugares nuevos y a personas de otras ciudades, países o incluso continentes. No me gusta viajar en plan ir a un Resort una semana, o el típico viaje organizado de unos días en el que ves los monumentos a toda prisa y vas todo el día en autobús (aunque he viajado así). En cambio, me gusta ir de viaje yendo o bien a una ciudad o bien a varias, pero de forma que pueda patearlas bien, comiendo en los lugares donde comen los lugareños e, incluso, haciendo cosas aparentemente banales como ir al cine en esa ciudad. Me resulta simpático pensar "estoy en el cine con los de Santander", o "vaya, voy a ver una obra de teatro con los de Praga", ya que veo en ello un compartir la vida con personas que tal vez sean diferentes, en ciertas cosas, a la gente de mi ciudad, pero con la que, en el fondo, tengo bastantes cosas en común. Mi padre siempre decía que cuando uno va a otras ciudades, o pueblos, especialmente del extranjero, no puede conformarse con visitar los sitios turísticos, sino que es bueno pasear por los barrios donde viven los habitantes de esa ciudad, ya que de esa forma se puede conocer realmente ese lugar y a sus gentes. Además, el ser humano es un animal muy social y, conversando con otras personas, se puede aprender muchísimo, por ello siempre que viajo trato de socializar lo máximo posible, tanto con personas del lugar que ya conocía como con algunas de las personas que me encuentro por el camino (aunque sea simplemente tener una breve conversación con un camarero). Como digo, se aprende mucho viajando, pues es algo que enriquece notablemente, especialmente si se hace de esta forma.

He decidido escribir sobre esto ya que siempre he comparado nuestro periplo vital con los viajes. Se suele hablar del mundo como "valle de lágrimas", pero yo no estoy de acuerdo con ello, pues el mundo, la Tierra, es una Creación maravillosa, un lugar en el que Dios nos ha puesto por algún motivo.  Como creyente, pienso que Dios nos ha creado con una misión específica para cada uno, una vocación mediante la cual podemos ser realmente felices. Con respecto a esto, aclaro que la vocación tiene diferentes dimensiones: Humana, religiosa (la fe personal o la espiritualidad de cada uno) y laboral (dentro de la que puede incluirse el sacerdocio, oficios como la carpintería o el trabajo de ama de casa, historiador, etc.). Hace poco un comentarista me preguntaba ¿Cómo puedo conocer mi vocación, aquello que me gusta y puede ser mi labor en este mundo? Mi respuesta es: mediante la introspección, conociéndote a ti mismo lo mejor posible, y mediante la oración, preguntándole a Dios qué quiere de ti. Pero, sobre todo, es fundamental tener en cuenta que la paciencia debe el principal medio para realizar la misión que estás llamado a realizar en este mundo. Roma no se hizo en un día, del mismo modo la vida, tal como he puesto en el título de este artículo, es un viaje que se debe hacer con calma y perseverancia. Así como viajar por ciudades, pueblos, países... te enriquece, pues aprendes tanto de lo que ves como de las personas con las que te encuentras, el viaje por tu vida, si lo haces atendiendo al momento presente, al "aquí y ahora", es algo que te enriquece. Rodearte de personas positivas, que te influyan positivamente, es importante, como también lo es el alejar de tu vida a quienes te hacen daño, se aprovechan de ti o no te aportan algo bueno (lo que se conoce como personas tóxicas). Leer mucho y bien también te enriquece, discerniendo qué leer (pues, del mismo modo que eliges a los amigos por un criterio razonable, tienes que usar éste para elegir los libros que te hagan bien, que te ayuden y formen como persona). Hace poco escuché al periodista Santiago Vázquez decir que la mente, como tal, no existe, sino que es fruto de las operaciones del alma, del espíritu (bueno, él lo explicaba mejor). Antes he hablado de la depresión. Un alma recia, alimentada por buenos libros, por la oración-meditación, por personas que te influyen positivamente, es más difícil que caiga en depresión, por ello es menos probable que tenga problemas psicológicos, es altamente factible, sin embargo, que sea una persona fuerte anímicamente. Por este motivo un alma sana, una "mente" libre de ataduras anímicas (sin depresión, sin ansiedad...) puede descubrir la misión para la que está llamada en la vida. Pero para ello, no obstante, hace falta tener calma, ser paciente. Suelo decir que, aunque soy madridista, me gusta la filosofía del Cholo Simeone "partido a partido, jornada a jornada". Cada día es una nueva oportunidad para seguir creciendo, para continuar mejorando. En Málaga, tomando una tónica, vi una servilleta en la que ponía "Unas veces se gana, otras veces se aprende". Es decir, no existen los fracasos, no hay derrota alguna. Solo existen las victorias y las ocasiones que la vida nos presenta para que podamos crecer y no nos estanquemos. El otro día, en Cuarto Milenio, Iker Jiménez dijo que "O se evoluciona o se tiende a la extinción". Nuestro viaje por la vida debe ser una continua evolución, un crecimiento personal y espiritual que nos forje como seres humanos. En caso contrario nuestra labor personal será estéril y contribuiremos a la extinción de la estirpe humana.


Lucha por mejorar cada día un poco más


Quizá estas palabras sean duras, pero son muy reales. Precisamente porque la vida es un viaje, nuestro paso por el mundo debe consistir en un crecimiento diario como seres humanos, generando una espiral ascendente que nos permita ayudar a forjar un mundo mejor. Otra de las cosas que aprendí en Málaga ha sido el tema de la interdependencia. Es decir, el ser humano es un animal social, el individuo necesita de la colaboración de los otros, del mismo modo que es importante que colabore con ellos. Depender de otros (salvo por discapacidad o enfermedad) es malo pues nos impide ser libres para realizar nuestra vocación. Ser independiente no es del todo malo, pero tiene el riesgo de volvernos individualistas y egoístas. La persona interdependiente, sin embargo, es quien se responsabiliza de sí mismo y de los demás, quien sabiéndose independiente requiere de la colaboración sinérgica de los otros para lograr sus metas y quien trabaja en equipo por un objetivo común (sea en el trabajo, la parroquia, un equipo de fútbol...). Por ello hago la analogía de nuestro periplo vital con el viajar por el mundo, ya que los otros pueden enseñarnos mucho: "tenemos dos maestros: nosotros mismos y todos los demás", enseña Ángel Lafuente, de ahí la necesidad de ser interdependientes. Si somos individualistas, si hacemos un mal uso de nuestra independencia personal, difícilmente podremos aprender de los demás y seremos incapaces de hacer una aportación positiva al mundo. Si somos interdependientes, si colaboramos con los demás, si nos esforzamos por conocer a personas que puedan ser una buena influencia para nosotros, en cambio, aprenderemos de ellos, lo cual nos enriquecerá de tal modo que podremos ponerlo, junto con nuestros propios dones y talentos, al servicio de la misión para la que hemos nacido, aportando con ello a crear un mundo mejor.

Como conclusión me gustaría, por tanto, dar un mensaje de esperanza a quien esté pasando por un mal momento, por una depresión o un tiempo de bajón anímico. Tal como dice el mencionado Ángel Lafuente, cada uno de nosotros es el ser mas sagrado del mundo, pues hemos sido creados por un Dios que nos ama desde la Eternidad, alguien que nos ha dado dones y talentos que debemos descubrir y potenciar. Para ello, como he dicho, es necesario hacer introspección, oración-meditación, leer y reflexionar ¿Que tienes defectos? Pues claro, no hay ahora mismo en la Tierra ni un solo ser humano que carezca de defectos, que no tenga pecado. De hecho, me atrevo a asegurar que tan solo han existido dos seres humanos intachables, sin defecto ni pecado: Jesús y María de Nazaret, es decir, Jesucristo y la Virgen María. El resto tenemos cosas que debemos pulir, con paciencia, día a día, para superarnos como personas, para crecer humana y espiritualmente logrando así realizar la misión a la que nos sentimos llamados, aquello que nos entusiasma y que deseamos hacer en la vida.
Quizá hoy te sientes triste, por la razón que sea, deprimido, pero si yo he vencido a la depresión tú también puedes. Aprende a quererte a ti mismo, de forma sana. Borra todo diálogo interno negativo, háblate a ti mismo de forma positiva, rodéate de personas que te influyan positivamente y aléjate de las personas tóxicas. Mucho ánimo amigo lector, no es fácil salir de los baches que se nos presentan en la vida, pero es posible hacerlo. Eres lo más sagrado de este mundo, recuérdalo siempre. Ten fe, protege tu paz interior y persevera en tu caminar por la vida. Paz y Bien.



lunes, 11 de abril de 2016

Reflexiones sobre la corrupción política y social

Corrupción: grave problema de nuestro tiempo
Hoy en día se habla mucho de corrupción. Vemos a diario como, prácticamente, los Medios de Comunicación nos dan noticias nuevas sobre ella. Los ejemplos más recientes los tenemos en "Los papeles de Panamá" y en la detención esta mañana de Mario Conde. Todos los partidos tienen algún caso de corrupción en sus filas, incluso hemos visto caer en ello a antiguos miembros de la Familia Real. Se puede decir que se trata de un problema que afecta a todo el conjunto de la sociedad y, aunque tanto la policía como la Justicia ponen toda la carne en el asador para perseguirla, no conseguimos terminar con ella.
Cometemos un error si pensamos que la corrupción es algo propio de "tal o cual partido". No tengo mucha costumbre de ver la televisión normalmente. De hecho, la veo más bien poco, pero lo que menos veo son las noticias. Sinceramente, creo que los telediarios nos presentan como novedades cosas que, en realidad, son caducas y reiterativas, aunque cambien los nombres. Entre la Gurtel y el Caso Filesa en realidad no hay tantas diferencias. Ciertamente, la corrupción es algo que ha existido siempre y que, por desgracia, seguirá existiendo si no ponemos verdadero remedio, si no atacamos sus causas primarias y más profundas.

Como cristiano considero que la corrupción nace del pecado del hombre. Se que es políticamente incorrecto hablar de pecado en 2016, pero lo voy a hacer. De hecho, me gusta ser incorrecto políticamente a la hora de dar mi opinión. .Si leemos la historia de Adán y Eva vemos que ya la Biblia nos habla de corrupción como una trasgresión de las leyes para hacer algo moralmente malo. Dios les había dicho bien clarito: "No comáis del árbol del Bien y del Mal porque moriréis". Se trata de una norma que, personalmente, siempre he interpretado en el sentido de que solo a Dios compete juzgar el bien y el mal cometidos por el hombre. Hablo en términos teológicos, claro está, evidentemente los jueces tienen instrumentos para juzgar según la ley humana... y deben hacerlo siempre que esta sea moralmente aceptable, lógicamente. Ya Heráclito hablaba de una Ley Universal, de un Logos Universal que debe regir nuestra conducta y que podríamos considerar como análogo a los Diez Mandamientos de nuestra cultura judeocristiana. Según el filósofo griego, el juez humano debe legislar basándose en ese Logos Universal, Divino, y no según el arbitrio humano (por eso el aborto, por mucho que sea legal en algunos países, es moralmente inaceptable y, por ende, un pecado que, además, podemos considerar como el más grave, pues atenta contra la Ley Universal, o el Quinto Mandamiento, para satisfacer intereses humanos. Igual que al hombre no le compete juzgar el Bien y el Mal, tampoco el hombre tiene potestad para quitar la vida a un ser humano; y, arrancar la vida de una criatura en el vientre de su madre es lo mismo que matarla, por ello supone violar esa Ley Universal, ese Mandamiento Divino. Por eso es pecado, aunque muchos no quieran enterarse. Por mucho que el hombre se construya un logos propio, este siempre estará por debajo del Logos Universal. Tan sólo en esa Ley Universal, en esos Mandamientos, está la Verdad que debe regir nuestra conducta humana.

¿Bajo qué bandera te posicionas?

Pero sigamos con Adán y Eva. Tenían una Ley clara establecida por Dios: No tocar ese árbol. La serpiente (que simboliza igualmente la tentación avariciosa del hombre) les hace comer de ese árbol prometiéndoles que serían "como dioses". Si nos paramos a observar la actitud vital de los corruptos, vemos que actúan con soberbia, como si realmente se creyeran impunes, como revestidos por cierto hálito de divinidad... en definitiva, el corrupto se ha erigido en su propio dios y por eso se cree con poder para hacer y deshacer a su antojo, incluso para llevarse el dinero que es de otros (o de todos, mejor dicho). Cuando Rato, Bárcenas, los de los ERE, los de Filesa, o los más recientes de "los papeles de Panamá" y Mario Conde... cuando esta gente roba no lo hace, precisamente, bajo una actitud de humildad. Al contrario, roban creyéndose que, por el cargo que ostentan, son más que nadie. De hecho, me los imagino robando y dándose golpes en plan "Lobo de Wall Street", como diciendo "que grandes somos". Los corruptos son personas que, al sentir la tentación de llevarse dinero público, de aceptar regalos o negocios turbios, y creyéndose impunes por su cargo, caen en el mal y roban. Pero, no obstante, seríamos ingenuos si creyéramos que esas acciones son algo propio y exclusivo de tal partido, o de tales personas. En realidad, cualquiera puede caer en la corrupción si no tiene una conducta moral irreprochable y un código ético plenamente asentado. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra, enseñaba Jesús. Y, desde luego, no hay ahora mismo en la tierra nadie que pueda decir que es tan santo como Jesús de Nazaret o como la Virgen María. Nadie. De hecho, salvo ellos, no ha habido ningún otro ser humano que podamos decir que era totalmente perfecto.

Aunque hoy casi nadie habla de pecado, este sigue estando vigente. Al igual que sucede con el demonio, ese gran mentiroso, que sigue existiendo pese a que muchos (incluso católicos) no lo crean. El pecado es, ni más ni menos, alejarse de Dios o, si lo quieren mis lectores no creyentes, alejarse de la Ley Universal, esa que, si la cumplimos fielmente, garantiza nuestra integridad moral. Todos somos pecadores, por tanto cualquiera puede caer en la tentación de cometer un hecho inmoral, como por ejemplo robar. Rodrigo Rato no es un señor que estaba, tan ricamente, en su despacho y que tuvo "la mala suerte" de robar. No, nada de eso. En realidad, Rato es un ser humano, alguien imperfecto sin la Gracia de Dios, una persona que tuvo la tentación de robar y, al estar alejado de Dios y al no querer cumplir su Ley, la Ley Universal, cayó en ello y se apropió de lo que no era suyo. Pero no lo hizo por que sea peor persona que otros, sino que robó porque el demonio, a través de la tentación, le hizo creer que sería una especie de Dios, que tendría más dinero y poder, en definitiva, que no ocurriría nada si se llevaba ese dinero. Pero se pilla antes a un cojo que a un mentiroso. Por eso Rato, por más que fingiera ser alguien íntegro, terminó siendo cazado. Aunque la mona se vista de seda mona se queda. Se puede rebatir esto diciendo que tal vez hay corruptos a los que no pillan, o que se libran de la cárcel, o son encarcelados pero salen al poco tiempo. Sin embargo, creánme, aunque se enriquezcan terrenalmente tendrán su paga, y no precisamente buena, el día que bajen a la fosa y se presenten ante el Altísimo.

Explicación sobre lo que son las estructuras de pecado

En cualquier caso, hay un segundo aspecto del que me gustaría hablarles: Las estructuras de pecado. Seguiré siendo muy políticamente incorrecto, pero son mis costumbres reflexivas, por lo que debo respetarlas. Corruptos los hay tanto en partidos políticos como en la familia real... Pero cabría preguntarse ¿el problema quien es, la institución o el corrupto? Es la pescadilla que se muerde la cola ¿Fue primero la institución corrupta o primero fueron los corruptos? Podríamos decir que los políticos corruptos pertenecen, precisamente, a partidos políticos que podemos catalogar como estructuras de pecado. Cuando partidos como PP y PSOE han legislado durante décadas una serie de leyes inmorales (aborto, divorcio...) que han sido refrendadas por la Corona, no es raro que entre los miembros de esos partidos se den casos de corrupción ¿Cómo no va a haber corruptos en el PP cuando ese partido defiende leyes que atentan contra lo más sagrado: la vida humana? Esa pregunta vale para cualquier partido, tanto PSOE como Podemos, CIU, etc. Cuando unos políticos muestran tal desprecio hacia la vida humana, cuando son capaces de legislar para que se mate a una pobre criatura en el seno de su madre ¿Cómo van a sentir pudor a la hora de robar? Robar es malo, pero peor pecado es, sin duda alguna, quitarle la vida a otra persona, máxime cuando se trata de un bebé indefenso. Si una persona es capaz de apoyar y legislar leyes para asesinar bebés no debemos extrañarnos cuando esa misma persona después cae en la corrupción económica. Se trata de un político que primero fue corrupto moral, después fue corrupto económico. Precisamente el otro día reflexionaba sobre una cuestión que viene al caso. Hoy en día apenas se ven niños con Síndrome de Down, lo cual se debe a esas leyes inmorales y a la deformación que, desde diversos altavoces de la sociedad, se está ejerciendo sobre la conciencia de las personas. Entonces ¿Cómo no va a haber corruptos? ¡Lo raro es que no haya más! Se está produciendo un autentico genocidio contra un grupo de personas simplemente por que tienen problemas de salud. Pero, eso sí, luego hay un niño que se suicida por acoso escolar y todos con el rostro compungido, hay un caso de racismo y todos a poner mensajes de repulsa en Facebook. Sin embargo, poca gente mueve un dedo para defender la vida de los niños con Síndrome de Down, de los bebés en general ¿Cómo no va a haber corrupción en nuestra sociedad? ¿Cómo no va a haber ladrones de guante blanco que se llevan el dinero de todos los españoles. Los políticos, y con ellos una parte de la sociedad, se han creado un logos propio, un logos particular (como diría Heráclito) según el cual les da lo mismo asesinar bebés, romper familias y dejarlas en la calle desamparadas, no importa si hay pobreza e injusticias ¡Porque yo estoy muy bien con mi Iphone! Los políticos legislan incluso contraveniendo derechos fundamentales de la Constitución (tener trabajo y casa) ¿Cómo no van a ser corruptos? ¡Pero si en este país sale más barato robar, si eres poderoso claro está, que cometer un crimen! Se creen impunes, una especie de dioses que pueden hacer y deshacer a su antojo. Pero, reitero lo dicho anteriormente, recibirán su paga cuando se presenten ante el Altísimo. Dichosos los que lloran, porque serán consolados, pero ¡Hay de quienes rien mientras pisotean a los débiles porque llorarán pidiendo clemencia!

En cualquier caso, la corrupción no es algo exclusivo de la clase política, sino que se trata de un problema extendido por toda la sociedad. Salvo que se demuestre lo contrario, los políticos no son extraterrestres que han bajado de una nave espacial. Son personas que han nacido, crecido, estudiado y trabajado dentro de una sociedad concreta: la nuestra. Lucio Cornelio Sila, un dictador romano, solía decir algo como "soy un canalla, pero soy el canalla al que ha votado el pueblo de Roma". Somos nosotros, con nuestros votos, quienes provocamos que salgan elegidos los políticos que después nos escandalizarán con sus actos corruptos, es la gente normal de la calle la que está dando apoyo a esas estructuras de pecado. Pero hay algo sobre lo que casi nadie habla: la corrupción del ciudadano medio. De vez en cuando leo, en algunos foros de Internet, discusiones en las cuales los foreros hablan sobre cuestiones como "¿Qué haces si te encuentras una cartera en la calle?" En más de una ocasión he leído perlas como "Cogería el dinero y echaría la cartera al buzón". Es decir, hay personas que son capaces de afirmar que se quedarían con un dinero que no es suyo. Aunque se trate de poco dinero, eso también es corrupción. A pequeña escala, pero se trata de corrupción; Y, hay muchas formas de ser corrupto siendo tan solo un ciudadano medio. Por ejemplo, pagando en negro a los empleados, no cobrando con factura un trabajo realizado (carpintero o electricista, por ejemplo), contratar a un extranjero antes que a un español porque así le pagas un sueldo menor.... Ocurre que más de uno de los que braman contra la corrupción de los políticos después, en su día a día, cometen pequeñas formas de corrupción ¿De qué te sirve clamar contra la corrupción de tal o cual partido si después te quedas el dinero de una cartera que te encuentras por la calle? Si hay algo que no soporto es, precisamente, la hipocresía; y, desde luego, este tipo de personas me parecen muy hipócritas. Los políticos son hijos de la sociedad en la que han nacido. Si han crecido viendo corrupción a su alrededor no podemos después extrañarnos de que ellos también sean corruptos.

Actuar bien o actuar mal ¿Qué eliges?

Analizados estos puntos, y sin creerme más que nadie ni mejor que otros, me atrevo a plantear soluciones para luchar eficazmente contra la corrupción. Lo fundamental creo que debe ser trabajar a "la persona del espejo", es decir a esa persona que vemos en el espejo cuando nos lavamos la cara al levantarnos.Decía el adagio griego "Conócete a ti mismo", amigo lector, si me permites el tuteo, ¿Té conoces, realmente, a ti mismo? ¿Sabes cuales son tus virtudes y defectos? Dedica unos minutos al día a reflexionarn y busca esas cualidades que debes potenciar y los defectos que has de pulir. No señales con el dedo a "los corruptos". Mira si, realmente, estás actuando con integridad moral en tu vida diaria y, si es así, da ejemplo de ello con tu actitud corrigiendo, fraternalmente, a esas personas de tu entorno que estén actuando inmoralmente. No hay forma de amor más bella que corregir al que yerra y enseñar al que no sabe.
Por último, para finalizar, veo con preocupación que algunos defiendan que se quiten de las aulas asignaturas que considero fundamentales, especialmente filosofía o religión. Con respecto a esta última, habrá quien lo reclame en aras de una "laicidad" que no es sino mero laicismo hostil anticristiano. Lo que nadie puede negar es que los Diez Mandamientos son impecables a la hora de formar a una persona para que sea honrada, honesta e íntegra moralmente. Lo mismo sucede con la filosofía. A Sócrates lo mataron acusándolo de "corromper" a la juventud. En realidad, lo que hacía era formar a los jóvenes frente a la corrupción de los políticos. Por eso se lo quitaron de enmedio, como harían siglos después con un joven palestino que enseñaba "la Verdad os hará libres": Jesús de Nazaret. Quienes quieren quitar filosofía y religión de las escuelas son los mismos que han robado y/o pertenecen a estructuras de pecado, que curioso ¿No? como decía aquel Nazareno: la Verdad os hará libres, recordadlo.