martes, 19 de mayo de 2015

El equilibrio de la piramide inmortal. Reflexiones sobre la vida misma.


Me estoy terminando de leer "La Pirámide Inmortal", de Javier Sierra. En este libro, el escritor turolense plantea una serie de acontecimientos que llevaron, según él, a Napoleón Bonaparte a pasar una noche dentro de la Pirámide de Keops, en Giza. Permaneció en el interior de la Gran Pirámide durante unas horas nocturnas que le cambiarían la vida por completo.

Pero en este artículo no comentaré el libro, sino que voy a escribir sobre una serie de reflexiones que me han venido en estos días mientras lo leía. Si por una cosa me gusta especialmente Javier Sierra es porque no se limita a narrar una historia, sino que te invita a reflexionar sobre aspectos como el misterio, el más allá, la historia o la mitología. En "La Pirámide Inmortal", como digo, lo ha conseguido.

Una primera reflexión me vino cuando acudí el pasado otoño a una firma de libros en la FNAC. Estuvimos hablando brevemente y me dijo que estaba en una buena edad para escribir, pues a partir de los 30 es cuando ya se comienza a tener un recorrido vital que te permite reflexionar sobre lo pasado, contemplar el presente y preparar el futuro, es a partir de esa edad cuando uno comienza a entender la vida. Realmente, creo que tiene razón. En mi caso, he tenido que pasar por diferentes fases vitales para poder comprender algunas cosas de mi vida, de la vida en general. De niño, quizá viví en una burbuja pues, a pesar de sufrir bullying, fui un niño feliz y protegido por mi familia y amigos frente a cualquier amenaza exterior. Después, durante la adolescencia, me encontré entre el interés por adquirir conocimientos y la edad del pavo, con lo que eso conlleva. Luego fui a la Universidad y me llevé una gran decepción, pues no satisfizo la idea que me había forjado sobre ella. Todo lo contrario, me encontré con funcionarios que se limitaban a dar sus clases, vomitando conocimientos sin procurar que aprendieras de verdad. Evidentemente me encontré con grandes profesores, pero hubo otros que dejaban mucho que desear. Luego entré al Seminario, pero salí a los pocos meses viendo que no era lo mío. Y, por fin, los Máster de Historia y Periodismo que realicé. Fue un recorrido académico que, junto a otras vivencias personales con la familia, los amigos y la sociedad, me plantó en los 30 años permitiéndome un atisbo de conocimiento sobre lo que en realidad es la vida. Debo decir, humildemente, que en realidad solo se que no se nada. Pero, al menos, tengo algo más de conocimiento vital que hace, tan sólo, cuatro años. Entonces no comprendía bien cual era el propósito de mi vida, incluso me daba miedo el futuro. Hoy ya no. Sé que mi propósito, lo que me gusta, mi vocación, el motivo por el que estoy aquí, es escribir. Lo haré unas veces mejor, otras peor. Unas veces escribiré libros, otras lo que haré será escribir en blogs. Pero, desde luego, he nacido para escribir. Y, como dice Javier Sierra, los 30 años es una buena edad para hacerlo. Se comienza a vivir de verdad, se comienza a comprender la vida.

La segunda reflexión que he tenido leyendo "La Pirámide Inmortal" es sobre lo que los egipcios llamaban el Maat. El equilibrio, la armonía del universo.Es un concepto de equilibrio y armonía cósmicos que existen desde la creación del mundo y conviene conservar. Se le relaciona con la armonía griega o la virtud judeo-cristiana. Cuando miramos el cielo estrellado nos damos cuenta de que hay un aparente caos. Sin embargo, el firmamento está en un caos ordenado, como lo llama un amigo. Hay un equilibrio universal (creado por una causa infinita, motor inmóvil infinito e incausado, que diría Aristóteles). Ese equilibro hace que, por ejemplo, la Tierra de vueltas entorno al Sol y, al mismo tiempo, la Luna de vueltas alrededor de la Tierra sin chocarse, por mucho que se muevan. Pero el concepto del Maat va mas allá. Hace referencia a aspectos que atañen al alma humana, como el bien o el estado anímico. Un ejemplo: el niño roba en la tienda. El padre lo sorprende, le reprende y obliga a devolver lo substraído. Se cumpliría ese Maat-equilibrio-virtud, pues a una acción negativa se le une una positiva, la restauración de lo robado, que permite devolver esa armonía que ha sido alterada. Otro ejemplo: una persona se encuentra bajo de ánimo. Hay algo que está trastocando esa armonía, pues la persona siente emociones negativas, no tiene equilibrio emocional. Pero esa persona decide poner música alegre y se pone a hacer ejercicio. Con esa acción se le pasa la mala emoción y comienza a sentir paz. Hay Maat, hay equilibrio en su vida.  En definitiva, parafraseando a Simeone, consiste en ir minuto a minuto, partido a partido (día a día), siendo consciente de uno mismo, para conseguir mantener el equilibrio vital en todo momento. Siempre digo que se ha malinterpretado el "Carpe diem", pues los romanos con esa frase no querían decir sino "aprovecha el momento". Sin embargo, generalmente se cree que en realidad decían "vive el momento de modo hedonista". Pero en realidad no es así. Consiste en aprovechar el momento, en trabajar cada momento de nuestra vida, sin amargarnos por el pasado o temer el futuro. También en lo relativo al equilibrio en nuestra vida. Una persona que vive, de modo consciente el presente, es más fácil que tenga ese equilibrio, ese Maat, en su vida que otro que vive agobiado por el futuro o pasmado recordando el pasado.

La tercera y última reflexión es en lo relativo a lugares especiales donde uno siente que vuelve a renacer, sitios donde, por algún motivo, parece que las heridas interiores que uno tiene son, de pronto, sanadas. Napoleón Bonaparte experimenta ese renacer en la Pirámide de Keops. En mi caso, como he escrito en varias ocasiones, tengo uno muy especial: Santoyo. Hay algo en ese pueblo, como si tuviera alma, como su el pueblo y sus alrededores fueran un ente vivo, que cada vez que voy siento paz y todos los males que llevo allí se me curan por completo. Tengo muy vivo el recuerdo de ir de pequeño, cuando sufría acoso escolar, con el alma rota y volvía con el alma reparada. Mientras escribía esto me acordaba de mi mismo, de crío, volviendo en el coche a Madrid, llorando porque quería quedarme allí. Lo que siento cada vez que voy a Santoyo es como una sensación de amor que me sana por dentro. Evidentemente también influye el tener allí familia y buenos amigos. Pero, desde luego, la paz que siento cuando paseo por sus eras no la tengo en ningún otro sitio. Otro lugar que significa también mucho para mí es Guadarrama, pues siempre que subo a la piscina, rodeada por inmensas montañas, siento gran paz y el estrés de Madrid se me pasa al instante. También Lourdes, evidentemente, donde he vivido cosas increibles. Pero hay un lugar especial, un sitio donde renací tras una depresión que duró tres años y tres meses: Pelayos de la Presa. Aquella noche del 9 de junio de 2012 experimenté algo parecido a lo que vivió Napoléon en la Gran Pirámide. No vi humanoides luminosos, es cierto. Pero si una luminosidad cruzando el cielo, haciendo un extraño movimiento, con un espacio de tiempo en el que estuvo parada. Probablemente nunca sepa lo que fue. Lo más racional es pensar que se trató de un satélite que pasó por allí en aquellos momentos. En cualquier caso, era como si el destino ¿Quizá el Maat? Me hubiera destinado a ver aquello justo en aquel momento y lugar. Fue mi Gran Pirámide, el lugar donde volví a renacer, donde reencontré la luz tras más de tres años de oscuridad.

En definitiva, me ha gustado mucho "La Pirámide Inmortal" de Javier Sierra. A algún amigo le decepcionó un poco. Es cierto que ha tenido algunos libros mejores. Pero, por ejemplo, creo que es mejor que "El Maestro del Prado". Ese libro si me decepcionó un poco, aunque quizá se deba a que tengo muy interiorizado lo que aprendí sobre Historia del Arte en el colegio. Lo que si tengo claro son estas tres reflexiones que he compartido en este artículo. La primera, que ahora es cuando comienzo a entender la vida, cuando puedo echar una mirada serena al pasado y recordar todo lo vivido y aprendido para utilizarlo en mi día a día. La segunda, que debo tener equilibrio en mi vida. El equilibrio se consigue cuando uno ve más o menos clara su misión en la vida y se lanza en pos de el. El equilibrio se consigue siendo consciente de cada instante vivido, para rápidamente sustituir lo negativo por lo positivo, para no dejar que la negatividad te envuelva. El equilibrio es lo que nos permite lograr la felicidad, aunque tan solo sean pequeños atisbos de esta. La tercera, que hay lugares donde uno puede retirarse para experimentar la sanación del alma. En mi caso son, entre otros, estos tres que he mencionado. Pero cada uno tiene los suyos. Seguro. Os recomiendo el libro y espero que os ayuden estas tres reflexiones.

sábado, 9 de mayo de 2015

Un amigo puede irse. La amistad perdura. En recuerdo de Álvaro Muñoz Salas



Han transcurrido casi diez años, pero aún recuerdo, como si fuera ayer, aquel día. Era una calurosa tarde de agosto. Solía entonces dar un paseo por Santoyo, mi querido pueblo, al atardecer. Ese día vi por última vez (al menos físicamente), a un querido amigo de mi infancia. Le había perdido el contacto pues, por algún motivo que desconozco, ya no iba por Santoyo. O quizá iba, pero no salía de casa. Unos días antes alguien había dicho que mi antiguo compañero de juegos se encontraba en el pueblo, pero no quería salir de casa. Quizá por ese motivo pasé, casi sin ser consciente por la puerta de su casa. Vi como mi viejo amigo salíó a la calle, con el rostro ligeramente cabizbajo, y se dirigió a un coche, junto con su padre. Fue un instante. Me miró ojeroso, la expresión de su mirada reflejaba una profunda pena. Bajó la cabeza como para que no viera que algo le pasaba, pero las lagrimas parecían estar apunto de salir de sus ojos. Entraron en el coche y se fueron. Yo me quedé en estado de shock. Aquellos días no me encontraba demasiado bien anímicamente, pues mi padre acababa de fallecer. A esto se le unió ver el rostro de mi amigo y el ser consciente de que no quiso que le viera en ese estado anímico. La mezcla de ambas cosas me dejaron en estado de shock. Quizá un año antes me hubiera acercado a saludarle, antes de que se metiera en el coche. Pero aquella tarde me quedé como paralizado. También me quedé profundamente intrigado, preguntándome qué le podía estar pasando. Durante unos años no supe de él, hasta 2009, pero nunca dejó de estar en mi memoria. De hecho, tres años después estuve en su tierra y pensaba "igual me lo encuentro". No tenía su teléfono, ni su messenguer, no sabía como localizarlo. He decidido escribir para rendirle homenaje y para contar su historia, al menos lo que conozco, desde el cariño y el respeto. Hay historias que merecen ser contadas y creo que la suya lo es, así lo siento internamente. En 2012 escribí un artículo sobre él que me ha ayudado a conocer algo más sobre la vida de mi recordado amigo, fallecido en 2006.

No obstante, aún me quedan puntos que esclarecer para poder comprender lo que le ocurrió. Como cristiano, historiador y periodista soy un incesante buscador de la verdad. Tengo la imperiosa necesidad de saber la verdad siempre que investigo algo, sea sobre los mártires cristianos en Hispania, la muerte en la hoguera de Juana de Arco, el acoso escolar, o la vida y muerte de mi amigo Álvaro. Por este motivo viajé el 3 de mayo de 2014 a Salamanca. Recorrí esa bella e histórica ciudad en busca de aquellas claves que pudieran arrojar algo de luz y taquígrafos sobre lo que le ocurrió a mi amigo. Intenté conocer y saber algo más. Un amigo común de Álvaro y mío, que se puso en contacto conmigo a través de este blog, me enseñó los lugares donde vivió y estudió mi recordado amigo. También el Hospital Universitario de Salamanca, donde estuvimos hablando con una persona que decidió abrir su alma y contarnos lo poco que sabía y recordaba de aquel 18 de mayo de 2006 en que Álvaro decidió marcharse. Pero también me encontré con silencios. El silencio de algunas personas que podrían haberme resuelto alguna duda. Pero, aún así, volví a casa con bastante información para poder realizar lo que en Periodismo se llama un perfil sobre Álvaro Muñoz Salas.

Nació en Salamanca un miércoles 8 de mayo de 1985. Álvaro, aunque era salmantino, tenía raíces palentinas. Por este motivo iba en verano a Santoyo, tierra de sus ancestros.  Pasó su infancia y adolescencia en el Barrio del Rollo. Sus primeros años de estudio estuvo en el Colegio Caja de Ahorros y, posteriormente, fue al Instituto Garcia Bernalt. Una vez finalizó el Instituto, comenzó a estudiar Medicina en la Universidad de Salamanca.

Era muy buen estudiante y compañero además de un gran amigo, tal, como me dijo el amigo común y yo puedo corroborar. Una de esas personas que son recordadas por su forma de ser, bondadosa y entrañable. Personalmente, le recuerdo en Santoyo como tímido cuando estábamos muchos críos juntos pero muy simpático cuando no había tanta gente. Aunque me consta que fue una persona muy sociable. De adolescentes hablaba poco con mis amigos sobre religión, por lo que no recuerdo haber hablado sobre ello con Álvaro. Pero me consta que, aunque no estaba bautizado, iba a clase de religión en el colegio. Me contaba este amigo común que durante un curso, le encargaron encender y apagar las velas durante cierto tiempo litúrgico en el aula donde les daban clase de Religión. Aquí hay un detalle que, creo, refleja la personalidad generosa de Álvaro, pues le dijo al amigo común "puedes apagar tu las velas" dejando que el otro niño, que se encontraba malo aquel día, pudiera soplar para apagar las velas. 

En verdad Álvaro fue un chico muy generoso y solidario. Le recuerdo como alguien que siempre tenía ganas de ayudar a los demás. En alguna ocasión he contado que yo sufrí acoso escolar en el colegio. Cuando iba a Santoyo me sentía seguro, con mis amigos. Pero sobre todo recuerdo, con gran cariño y agradecimiento, las palabras de aliento y ánimo que Álvaro me dirigía cuando me veía desanimado. No me extraña que quisiera estudiar Medicina, pues trataba de ayudar a quien estaba necesitado. En aquellos años yo lo estaba, emocionalmente, y me ayudó mucho. Le estoy muy agradecido y, la verdad, me duele no haberle podido ayudar cuando se encontraba mal. Pero siento que desde donde está sigue ayudándome. 


Pero Álvaro, aunque era muy bondadoso y buen amigo, también tenía una personalidad bastante marcada.  En Santoyo, si no estaba de acuerdo con alguna opinión general que expresasemos los demás amigos, él mostraba su pensamiento sin temor al "qué dirán", con seguridad y aplomo. También con serenidad, pero sin amilanarse. Quizá no le gustaba mucho que alguien hiciera de sus pequeños agobios un mundo cuando él también los tenía. En una ocasión, el mencionado amigo común,  se cruzó con Álvaro por la calle y, cuando le contó que le costaba compaginar la asistencia a clase con el tiempo dedicado a los estudios, mi recordado Álvaro le dijo "pues macho, apañate y ajo y agua", como diciéndole que se pusiera a estudiar y aguantase la presión. Lo cierto es que él estaba estudiando, como he dicho, Medicina. Esta carrera es especialmente complicada y dificil. Quizá por ello, cuando le hablaban de estrés motivado por los estudios, era como si Álvaro dijera "a mí me vas a hablar de estrés...". Siempre he pensado que, quizá, el estrés influyera en lo que le ocurrió.

He hablado antes de su cierta timidez. Creo que más que timido era callado. Pero porque le gustaba escuchar a los demás, aprender de ellos.  Como digo, daba su opinión sin complejos y era una persona que sabía hacer amigos y conservarlos. Sabía hacerse querido por sus amigos. En el artículo que escribí en su momento sobre Álvaro comentaba una pequeña anécdota que refleja su generosidad y preocupación por los demás. A los de la cuadrilla de amigos nos encantaba ir a jugar a unos cerros cercanos a Santoyo, llamados Costacollaos. Yo tenía bastantes problemas cuando bajaba de ellos, porque por mi discapacidad auditiva tengo problemas de equilibrio. Pues Álvaro me ayudó, en más de una ocasión, a bajar los cerros, agarrandome por el hombro para que no me cayera. Nos encantaba conversar. Conmigo era, si mal no recuerdo, con quien más conversaba cuando coincidiamos en Santoyo. Me hablaba mucho sobre Salamanca y los amigos que tenía allí. Le encantaba jugar al fútbol, especialmente como portero, aunque no desdeñaba participar como delantero, mediocentro, o defensa. También era muy feliz jugando con los demás amigos al rescate por las calles del pueblo, o al Risk cuando ibamos a merendar a la bodega. Era alegre y bromista y, cuando yo le hablaba sobre las chicas del colegio que me gustaban, se reía. Algún amigo del colegio me solía decir "a ti te gustan todas". Álvaro se reía afablemente cuando se lo comentaba.

Cuando terminó su etapa en el Colegio Caja de Ahorros se fue a estudiar al IES García Bernalt. Allí no solo se le daba bien estudiar, sino que escribía bastante bien. Quizá por ese motivo fue el encargado de escribir y leer un discurso en el acto de despedida de 2º de Bachillerato del que me hice eco en aquel artículo que he comentado. He querido incluir aquí un pequeño extracto donde describe hábilmente a los egresados en la Universidad: "Una integral en juliana, un geólogo sin par. Aquí no hay fieras, sólo graciles mulas y teijones sin más. Ni elefantes, ni bicicletas, sólo hay ingleses de London, que completan esta posada a cuya puerta nunca el Cid llamó. Y por supuesto, los alumnos, fin y causa de la educación. De pueblo, de ciudad, de aquí, de allá ¡qué más da!", Somos nosotros los huéspedes a quienes hay que hospedar". El discurso puede leerse en la revista de este Instituto. También hay en Internet, algún otro escrito suyo alojado en una conocida web donde los estudiantes comparten trabajos y apuntes.

Una vez finalizada su etapa en el Instituto decidió estudiar Medicina, por este motivo se matriculó en la Facultad de la Universidad de Salamanca. Pese a que era un joven sociable y bromista, un muchacho que salía con los amigos a tomar algo y sabía divertirse, algo tuvo que suceder en aquellos años, entre 2003 y 2006. Algo que motivó lo que posteriormente ocurrió. Fue en el verano de 2005 cuando le vi con esa tristeza en los ojos, por lo que ya por entonces algo tenía que estar haciéndole sufrir. Algo que le motivó un dolor tan fuerte que ni siquiera un espíritu noble como el suyo pudo soportarlo. Como comenté en el artículo ya reseñado, tras su muerte se decía en Santoyo que el motivo pudo estar en que pudo quedar dañado tras romper con una chica. Puede ser, pues eso mismo me ha llegado por otros canales que no tienen nada que ver con los amigos del pueblo. Hubo un rumor que quiso aprovechar esta teoría del desengaño creo que para hacer más daño a Álvaro, pues considero que se trata de algo totalmente infudado. Parece ser que alguien insinuó, tras la muerte de Álvaro, que había podido tener una relación con un chico, pero por lo que yo recuerdo era heterosexual, por eso creo que este rumor es infundado y se debe al estereotipo de que si un chico es sensible, le gusta escribir y a veces lo hace con ciertas florituras ya tiene que ser homosexual. Pero pienso que se trata de eso, de un mero estereotipo que no merece ser tenido en cuenta y que, quizá, esa persona lanzó el rumor para intentar hacerle daño. Pues es fácil lanzar chismes sobre alguien cuando ha fallecido. Pero, como digo, recuerdo que Álvaro era heterosexual y hablábamos sobre chicas.

También hubo quien consideró que Jokin Ceberio, el niño de Hondarribia que se suicidó por acoso escolar era homosexual tan sólo por como escribía. Parece que si una persona es sensible, le gusta escribir, ya tiene que ser gay, pero como digo creo que es un estereotipo carente de sentido lógico alguno. En cualquier caso, parece ser que si es cierto que rompió con una chica y esto pudo hacerle daño. Aunque no creo que fuera este motivo la única causa que le llevó a hacer lo que hizo. Pienso mas bien que todo ocurrió por una concatenación de factores y hechos que le llevaron a tomar esa salida. En cualquier caso, tengo la impresión de que Álvaro, allí donde se encuentra, no quiere que se digan tonterías sobre él. Lo que quiere es ser recordado como quien fue y, creo, que también quiere que se rece por él. Pero que no se digan tonterías que puedan manchar su memoria.

Decidió irse un jueves 18 de mayo de 2006. Según la información que tengo, salió de casa para dirigirse al Hospital Universitario de Salamanca, donde estaba realizando las prácticas de Medicina. Desde que en 2009 me enteré, siempre me he preguntado si fue una decisión que tenía meditada o si hubo, quizá, un hecho detonante que precipitó los acontecimientos. Pocos días antes había celebrado su cumpleaños en un céntrico bar salmantino y nadie notó, aparentemente, nada extraño en él. Por lo que sé, durante aquella celebración se le vio sonreir. De hecho, durante algún tiempo en la puerta del bar estuvo puesta una fotografía donde Álvaro aparecía sonriente en aquella celebración. Además, los últimos meses de su vida había seguido saliendo con sus amigos y participaba en eventos sociales de un modo aparentemente normal. Claro, se suele decir eso de que la procesión se lleva por dentro. Pero los que hemos pasado por una depresión sabemos que hay momentos en que, por más que lo intentes, no puedes fingir ser feliz. Puedes salir, puedes estar con los amigos e, incluso, disfrutar con ellos. Pero se te nota que no estás del todo bien.

Parece ser, aunque no estoy del todo seguro de esto, que pudo cruzarse, casualmente, con un conocido a quien dijo "voy donde tengo que ir". A ese mismo conocido le había dicho, tiempo antes, algo como "ya sé por qué se suicida la gente". Son pequeños detalles por los que, parece, Álvaro había dejado pequeñas pistas de que algo no iba bien en su vida. Otro detalle que me intriga es el de que aquella mañana había borrado todos los archivos que tenía en su ordenador.  Por lo que sé, subió a la sexta planta del hospital. Entró o en un despacho o en una habitación (este aspecto lo desconozco) y se precipitó por una ventana. Según la persona con la que hablé en el Hospital Universitario de Salmanca cuando estuve el año pasado, antes de saltar se rasgó la ropa, quizá fruto de la desesperación. Según me contó en su momento una persona del SAMUR que le atendió, estuvo un rato debatiéndose entre la vida y la muerte, inconsciente, hasta que falleció. Creo que fue una media hora. Se trató, por lo tanto, de un suicidio.

Se trata de un tema complicado, soy consciente de ello. Conozco poco sobre ello y pienso que hay personas mucho más autorizadas que yo para hablar sobre este tipo de muertes. Pero creo, al menos tengo esa convicción, que Dios pudo salvarle, en ese rato que estuvo aún con vida, mediante maneras y caminos que para nosotros son desconocidos. Hay una anécdota del Santo Cura de Ars que me encanta. Caminaba por esa población francesa con una dama que se sobresaltó al ver a un señor tirándose desde el puente y el Santo Cura dijo algo parecido, que había que rezar por ese señor pero que Dios podía salvarle de infinitas formas y mediante caminos para nosotros misteriosos. Además, Álvaro era una gran persona, un gran chaval y un excelente amigo. Era un muchacho que tenía muy buenos valores. Me enteré de su muerte durante la Semana Santa de 2009. Desde entonces he rezado y ofrecido misas por él, aunque creo que está en un lugar mejor. Cuando estuve en Salamanca el año pasado viví una experiencia curiosa durante la Eucaristía. Fue el 4 de mayo de 2014. Había ofrecido esa misa por Álvaro y todo el rato estaba pensando en él,  tenía su imagen en mi mente. Aunque ese domingo fue un día soleado en Salamanca, la luz solar no iluminaba la Catedral hasta que se rezó el Padrenuestro. Cómo digo, yo tenía presente en la mente todo el rato la imagen de Álvaro y de pronto, cuando rezábamos la frase "Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad..." entró la luz del sol por una de las vidrieras y se iluminó todo el Altar Mayor. Esa luz me daba de frente, fue entonces cuando ocurrió.  Esto puede sonar raro para quien no me conoce, pero sentí que esa luz inundaba mi mente y, con ello, la imagen de Álvaro que tenía presente, como si el sol estuviera abrazándole, como si Dios estuviera dándole un abrazo. De alguna manera creo que fue como una especie de mensaje divino, pues, desde que supe de su suicidio, siempre he encomendado a Álvaro a la Misericordia Divina. Es una experiencia que a algunas personas puede resultarles extrañas y, quizá, no la comprendan bien. Pero creo que Álvaro, de alguna manera, está bajo la Misericordia de Dios. Aunque seguiré rezando durante toda mi vida por él, siempre le tendré presente en mi recuerdo, igual que al resto de seres queridos ya difuntos. Igual que a Paloma, mi otra amistad fallecida.

Pese a todo lo que pude averiguar en aquella visita realizada en mayo de 2014 a Salamanca, me siguen quedando muchas incógnitas sobre lo que pudo sucederle a mi añorado amigo. Cómo ya dije en aquel primer artículo, no creo que lo hiciera tan sólo por haberlo dejado con una chica. Creo que se debió a una concatenación de factores que le llevaron a una situación psicológica que no pudo soportar. Quizá en aquel verano de 2005 ya se encontraba mal anímicamente, de ahí que yo le viera
triste. Puede ser (es una hipótesis) que lanzase algunas señales a modo de S.O.S. que no las personas de su entorno más cercano no pudieron apreciar. Puede ser que la carrera influyera, pues Medicina, como sabéis, es bastante dura y exigente. Parece ser, por lo que he podido averiguar, que no se trata del único estudiante de dicha carrera que se ha suicidado. De hecho, aquel trabajador con el que hablé, me confesó que en ese mismo hospital se han suicidado mas estudiantes de Médicina. Parece que es una carrera que tiene gran exigencia, conlleva un estrés que no todos pueden soportar, y eso creo que le pudo pasar factura a Álvaro. Yo, por ejemplo, siempre tuve claro que no quería ser médico (de hecho soy incapaz de ver un tobillo con esguince o una operación a corazón abierto), por lo que no me extraña que el estrés por los estudios pudiera ser un factor determinante. ¿Hubo otras cosas? No lo sé. Quizá, pero posiblemente no hubiera una causa que fuera la decisiva, sino que fue una concatenación de causas que le llevó a hacerlo. En cualquier caso, y sobre todo, lo que ahora me importa es honrar la memoria de mi buen amigo y rezar por él para que Dios le tenga en su seno. Como digo, confío mucho en la Misericordia Divina.

Seguiré investigando y escribiendo sobre Álvaro. Por lo que le conocí, por lo que de él conozco, por ciertas sensaciones, creo realmente que su vida merece ser contada y conocida. Fue una gran persona, alguien que me ayudó mucho en mi infancia. Lo que me extraña es haberme encontrado con ciertos tabúes cuando he preguntado a personas de su ciudad sobre él, como vecinos o compañeros de clase. Recuerdo la persona del SAMUR, que me dijo que Álvaro se apellidaba de una forma errónea, también recuerdo el silencio de sus antiguos vecinos, o la renuencia a hablar sobre el tema de algún viejo compañero suyo de colegio e instituto. En cualquier caso, no creo que se trate de miedo a hablar sobre Álvaro, pues era un gran chaval. Simplemente, en nuestra sociedad existe miedo a la muerte, es tabú hablar sobre lo que hay después de esta vida, da la sensación de que es mejor no hablar de ello, sobre todo si se trata de un suicidio. Pero creo que obviar la muerte y las cuestiones trascendentales que acontecen tras la vida supone un grave error. Caer en ello supone perder el sentido trascendental de la vida y lo que ello conlleva, concretamente el haber dejado de rezar por los difuntos. Parece muy divertido, según algunos, que llegue el último día de octubre y la gente se disfrace de fantasmas o vampiros. Sin embargo, olvidamos que tanto el 1 de noviembre (día de todos los santos) como el 2 de noviembre (día de los fieles difuntos) son días escogidos para rememorar y rezar por los difuntos, días fuertes de oración por aquellos que se fueron antes que nosotros. Esto es algo que se nos olvida, algo en lo que la gente no quiere pensar, porque les da miedo. Parece que es mejor ocultar la muerte, como si no existiera, aunque cuando llega nos deje temblando y llorando. Sobre todo parece que es mejor obviar la muerte cuando se trata de un suicidio. Pero, como digo, se trata de un tremendo error. Conviene recordar a nuestros familiares y amigos difuntos. Es necesario recordarles y rezar por ellos. Es necesario recordarles pues nadie muere del todo mientras sigue vivo en nuestro corazón, mientras hablamos de ellos. Por ello seguiré hablando y escribiendo sobre Álvaro y,  sobre todo, seguiré pidiendo que se rece por él. Aunque creo que puede estar ya bajo el seno de la Divina Misericordia, creo que es aconsejable que se siga rezando por él. Por eso quiero aprovechar el final de este artículo para volver a pedir que recéis por Álvaro Muñoz Salas, de Salamanca, que abandonó este mundo en 2006 con 21 años de edad. Os lo agradecerá, estoy convencido de ello.

Concluyo este artículo con unas palabras para mi querido y añorado Álvaro. Gracias por aquellos veranos en Santoyo, esas conversaciones en Costacollaos, esas palabras de ánimo que me dedicabas mientras sonreías, gracias porque estuviste ahí cuando aprendí a montar en bicicleta (lo cual me costó por mi problema de equilibrio, pero me alentabas), gracias porque de alguna manera siento que sigues cuidando de mí desde donde ahora te encuentras. Te recordaré siempre como un gran amigo de la infancia y trataré de que tu memoria perdure escribiendo sobre ti. De alguna manera, resuena ahora en mi corazón, esa frase "pues tío apañate y ajo y agua" como una especie de señal que el destino me ha enviado. El año pasado estuve agobiado debido al Máster de Periodismo Social que realicé. A veces me agobio con los avatares de la vida, aunque sean pequeñas cosas sin importancia. Sin embargo, siento de alguna forma que estás a mi lado y me dices que no me deje llevar por el estrés, ahora y a lo largo de la vida, que aguante pues no merece la pena ir agobiado por la vida pues lo importante en ella no es llegar antes sino disfrutar del camino. He titulado este artículo haciendo referencia a la canción "cuando un amigo se va algo se muere en el alma" pues recuerdo que te la cantaban en Santoyo cuando te ibas para Salamanca, ya al final del verano.

No te olvidaré, querido Álvaro, rezaré siempre por ti y trataré de que los demás lo hagan, que te conozcan, que te recuerden. Un abrazo allá donde estés, sigue cuidando de nosotros, que Dios nuestro Señor te acoja en su seno y que María Santísima te lleve hasta Él e interceda por tí. Descansa en paz.

lunes, 4 de mayo de 2015

Nuevos sacerdotes en Madrid. La generación de Don Pablo Domínguez

"Crecer sucede en un latido...un día estás en pañales, y al día siguiente te vas, pero los recuerdos de la niñez permanecen contigo todo el camino...recuerdo un lugar, un suburbio, una casa, una casa como muchas casas, un patio como muchos otros patios, y una calle como muchas otras calles...pero lo curioso es que, después de todos estos años, aún lo recuerdo, maravillado".
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Don Carlos Osoro durante las ordenaciones

Esta frase de la serie "Aquellos Maravillosos Años", que aparentemente no tiene mucho que ver con las Ordenaciones Sacerdotales, resume a la perfección el torente de recuerdos que recorre mi cabeza en las últimas 48 horas. Se han ordenado catorce nuevos sacerdotes en Madrid, el sábado pasado. He asistido, a lo largo de estos años, a numerosas Ordenaciones. Pero en esta ocasión ha sido verdaderamente especial para mi, pues entre estos nuevos presbíteros no sólo se encuentran grandes amigos míos. Todos han sido compañeros de clase o, al menos, de la de la Universidad Eclesiástica San Dámaso.

Como digo, aparentemente, la frase con la que comienzo este artículo, no tiene que ver con lo que son las Ordenaciones Sacerdotales. O quizá sí, pues ¿Qué son los años del Seminario sino un crecimiento? Uno entra allí siendo apenas un niño y, si Dios quiere, sale transformado en Sacerdote de Dios. Son siete años en los que uno pasa de ser un mozalbete a hacerse un hombre de Dios. Yo no me ordené, pues el Señor me llevó por otros caminos y hoy soy franciscano seglar. Pertenezco a la Orden Franciscana Seglar. Tampoco estuve en el Seminario de Madrid, sino en el de Getafe. Pero, cuando echo la mirada atrás, como decía Kevin Arnold en esa frase que inicia el artículo, recuerdo una casa (el Seminario, San Dámaso...), un patio, una calle (San Buenaventura, en Madrid) y recuerdo maravillado los años que compartí con los nuevos Sacerdotes en San Dámaso, la Misa de los martes, acompañada por la Adoración al Santísimo. También cuando iba a la parroquia donde estaba de pastoral alguno de mis amigos seminaristas o, simplemente, cuando quedaba con ellos para tomar algo y conversar. Cuando recuerdo estas y otras cosas, como Kevin Arnold, me maravillo.
Son amigos. Mi padre decía que "Quién tiene un amigo sacerdote, tiene dos veces un amigo". Por eso creo que puedo sentirme orgulloso de tener grandes amigos. Recuerdo sobre todo el principio de mi amistad con Juanjo, a quién conocí en verano de 2007, un año antes de entrar al Seminario, y con quien compartí inquietudes vocacionales y nuestro cariño a San Francisco de Asís. Espero que no se me enfaden los demás si digo que Juanjo es, de los nuevos presbíteros, mi amigo más apreciado. Al fin y al cabo, a todos les tengo por buenos amigos y, recordando la frase de mi padre, todos y cada uno son dos veces un amigo. Recuerdo nuestro primer día de clase en San Dámaso. Nuestra primera clase fue con don Pablo Domínguez. Nos dio Lógica, fuimos la última generación de san Dámaso que tuvo esa asignatura con él. En clase estabamos gente de varios seminarios, congregaciones y también laicos de diferentes movimientos e institutos. Palencia (por cierto, en diciembre se ordenó allí un buen amigo, Abel), Getafe, Alcalá de Henares (se ordenaron el año pasado, Jaime y Samuel, muy apreciados también) y Madrid. Enseguida hice buenas migas con todos, pero especialmente con los de Madrid. Recuerdo también con cariño a Andrés y Juan, que por diferentes razones aún no se han ordenado. También a Arturo y Jorge, a quienes alguna visité en la parroquia donde estaban de pastoral.

He titulado este artículo "la generación de don Pablo Domínguez". Fuimos, posiblemente, los últimos en examinarnos con él, antes de que se fuera a los ejercicios espirituales en Tarazona, aquel mes de febrero de 2009. Nunca se me olvidarán las clases con aquel gran Sacerdote. De la asignatura en sí recuerdo más o menos algo. Pero nunca se me olvidará la sonrisa y bondad que emanaba don Pablo Domínguez. Tampoco se me olvidará nunca lo vivido aquel 16 de febrero de 2009. Los seminaristas de Getafe habíamos estado en Roma ese fin de semana. Cuando llegamos a Madrid encendí el móvil y tenía varias llamadas perdidas de Juanjo. Pensaba que llamaba porque, quizá, le había extrañado que los de Getafe no fuéramos a clase ese día. Pero pronto comencé a ver cosas en el avión que me indicaron que algo estaba pasando. Recuerdo al por entonces rector del Seminario de Getafe, don Rafael Zornoza, con la cabeza tumbada en el asiento delantero, un compañero vino y me dijo que había muerto un profesor nuestro. Era don Pablo. Recuerdo el día siguiente, en el Seminario de Madrid, sobre todo el olor a rosas que desprendía su casulla, puesta sobre el ataud. Estoy convencido de que don Pablo Domínguez fue un verdadero santo. Por ese motivo considero que mis compañeros de clase en San Dámaso, los que se han ordenado sacerdotes y los que quedan por ordenarse, son la generación de Don Pablo Domínguez. Son los Sacerdotes de Don Pablo.

Tiempo después dejé el Seminario de Getafe, pues veía que no tenía vocación sacerdotal. Sin embargo, seguí yendo un par de cursos más a San Dámaso. También a Eucaristía y la Adoración al Santísimo de los martes en el Seminario. Personalmente, el periodo entre marzo de 2009 y junio de 2012 fue duro, pues por razones que no vienen al caso, tuve una depresión bastante fuerte, de la que salí fortalecido. De nuevo me gustaría citar una frase relacionada con la serie "Aquellos Maravillosos Años", concretamente de su canción de cabecera: "(¿Te preocupa estar solo?) ¿Cómo me siento al final del día?, (¿Te sientes triste porque estás solo?) No, me las voy a arreglar con un poco de ayuda de mis amigos...Mm..., llego realmente a lo mas alto con un poco de ayuda de mis amigos...Mm..., voy a intentarlo con un poco de ayuda de mis amigos".

Durante aquellos tres años y tres meses nunca me sentí solo, y fue en gran parte gracias a estos queridos amigos que se han ordenado Sacerdotes en Madrid. Si me veían flaquear en algún momento, siempre me tendían una mano amiga. Siempre dispuestos a escucharme cuando necesitaba hablar con alguien. Me encantaba sentarme durante la Adoración junto a ellos, para cantar. Esos eran de mis momentos más felices en aquellos años. En septiembre de 2009 comencé mi discernimiento para ser franciscano seglar, y me ayudaron mucho con su cariño y oración. Sobre todo recuerdo el día de mi profesión como nuevo miembro de la Orden Franciscana Seglar, en 2012. Profesábamos un chico llamado Juan y yo. Juan por entonces era seminarista. Recuerdo con gran cariño cuando terminó la Eucaristía y allí estaban ellos, cantando y acompañándonos en aquel momento tan feliz. Les estoy eternamente agradecido por todo lo que me ayudaron en aquellos años, que fueron dificiles para mi. Sobre todo muy agradecido por su amistad. La amistad es, para mi, de las cosas más importantes que hay en la vida. Sobre todo cuando son amigos que Dios ha puesto en tu camino.

Ahora ya son Sacerdotes de Dios, y mi alma rebosa felicidad. Decía ayer Juanjo, en su Primera Misa, que necesitaba la oración y el apoyo de todos para poder ser buen Sacerdote. Con mi oración y apoyo, desde luego, cuenta desde el primer momento. Pero no solo Juanjo. También Álvaro, Ángel, Antonio, David, Guillermo, Israel, Jesús, Lucas, Mark, Pablo, Pedro, Rafa y Sergio cuentan con mi oración y apoyo. También Juan y Andrés, que pronto se ordenarán, Dios mediante. También los de Getafe y los demás Sacerdotes con los que compartí horas de clase y nuestros años en San Dámaso. De ellos solo espero aquello que tanto impresionó a Juanjo, ayer lo recordaba: "Sacerdote de Cristo: celebra tu Misa como si fuera la primera; como si fuera la única; como si fuera la última".
Todo ha sucedido como en un latido. Parece que fue ayer cuando comencé a hablar con Juanjo. Parece que fue ayer aquel primer día de clase en San Dámaso, con don Pablo Domínguez. Han pasado casi seis años de aquello y todo ha transcurrido como en un latido, en un suspiro. Pero la historia no ha acabado, sino que acaba de comenzar para todos. Para quienes os habéis ordenado sacerdotes en Madrid. También para los demás compañeros de San Dámaso que sois o seréis sacerdotes. También para este franciscano seglar que escribe. Todo acaba de comenzar y, como nos enseñaba don Pablo Domínguez, hemos de llevar la alegría de ser cristianos al mundo entero. Cada uno según el carisma y servicio al que Dios le ha llamado. Todo ha sucedido como en un suspiro, pero todo acaba de comenzar. Como diría San Francisco de Asís: comencemos, hermanos. Si, comencemos a ganar almas para el Reino de Dios. Seamos luz y esperanza para la humanidad. Rezo por vosotros, amigos neopresbíteros, para que así sea. Que el Señor os bendiga y os guarde, os conceda la paz y os haga santos.

Mientras tanto, sigo maravillandome. Recuerdo una Facultad, los seminarios de Madrid y Getafe, la casa de los seminaristas de Palencia en Madrid, un patio, unas aulas, una capilla, recuerdo personas que hoy son amigos y hermanos míos, recuerdo conversaciones... y me sigo maravillando.