Retomo mi blog "Reflexiones a la Luz de un Candil" de una forma
distinta. Desde 2006 hasta 2009 estuve escribiendo en un blog llamado
"Reino de Castilla". Tuvo bastante éxito, pero, por alguna causa que
no viene a cuento, terminé cerrándolo.
Siempre me ha apasionado la comunicación. Me encanta escribir desde mi más
tierna infancia. En estos momentos estoy como becario en la Cadena COPE,
concretamente en COPE Religión. Estoy disfrutando muchísimo escribiendo.
El pasado sábado estuve hablando con un amigo sacerdote. Le encanta leer mis
artículos y me dijo "Busti, escribes
muy bien, aún recuerdo aquellos artículos que escribías hace unos años".
Se refería al mencionado blog, "Reino de Castilla". Aunque también le gusta este
blog, “Reflexiones a la Luz de un Candil”.
Desde el pasado domingo estuve buscando aquel blog y… he podido encontrarlo. Por ello,
desde hoy volveré a publicar aquellos artículos que pueda recuperar (escribí
casi 300, no sé si será posible recuperar todos... pero lo intentaré).
Ahora que estamos en Mayo, el mes de la Virgen María, he querido comenzar
con un artículo que escribí siendo seminarista. Se llamó Sangre de Mayo. Publicaré los artículos tal como los
escribí entonces:
“Ayer por la tarde, aproveché para ir al cine con mi madre, vimos una película
que yo tenía bastantes ganas de ver, se llama "Sangre de Mayo" y
relata los acontecimientos acaecidos en Madrid en 1808.
Está dirigida por José Luis Garci y narra la historia previa de varios
personajes en los días anteriores al levantamiento popular.
Está muy bien ambientada en cuanto a decorados, fotografía, vestimenta. Además se
nota buena documentación tanto en los hechos del 2 de mayo como en el Madrid de
la época, no falta ni un solo detalle.
Hoy he aprovechado un rato libre para dar un paseo por Madrid (y d paso
comprarle un recado a un amigo) y me he puesto a meditar, mientras caminaba,
sobre lo que en esas mismas calles ocurrió hace 200 años.
Como dicen en la película. Aquellos hombres lucharon por defender aquello en lo
que creían, lo que amaban y sobre todo su propia libertad y cultura. Hoy la
gente suele decir que vivimos mucho mejor que en el pasado. Pero si nos parásemos
a leer a los grandes autores españoles de los siglos XVI, XVII y XVIII podemos
observar que ha habido cosas que se han perdido o se están perdiendo.
Esas mismas cosas por las que lucharon y dieron su vida los héroes del dos de
mayo. Nuestra patria, lengua, religión, folklore cultural... en definitiva, lo más
esencial que tenemos y aquello que nos une a todos los españoles.
Creo que es providencial que haya sido este año el aniversario de aquel hecho.
Hoy vivimos tiempos donde tenemos por un lado a los terroristas haciendo
barbaridades pretendiendo reclamar algo que, simple y llanamente, es falso. Si
hoy viviera Blas de Lezo y le hubieran dicho que no era español, se hubiera
partido de risa.
Vivimos tiempos donde no solo hay quien pretende cargarse nuestro país de una u
otra forma, si no que encima pretenden terminar con la lengua castellana,
imponiendo lenguas regionales que aunque sean muy ricas culturalmente en otros países
no te van a entender con ellas (con el castellano ya te puedes manejar en
Estados Unidos). También hay quienes pretenden acabar con la religión
cristiana, cuna de nuestra cultura en unión con los clásicos grecolatinos.
En fin, se están atacando muchos de esos principios que los héroes del dos de
mayo defendieron. Os animo a ver la película, a leer a los clásicos de nuestro
siglo de oro y, sobre todo, a no defraudar a nuestros antepasados.
En los albores del día de la Hispanidad: Viva España!!!”.
Pd: Espero que os haya gustado el artículo. Ahora noto que podía haberlo escrito mucho mejor. Pero creo que es oportuno dejarlo tal cual lo escribí. Al menos parece más auténtico.
Pd1: Especifíco una cosa. Por entonces, era seminarista. Pero dejé el seminario al ver que no tenía dicha vocación. Desde 2014 soy franciscano seglar.
Blog de Víctor C. Bustillo,que aborda desde una perspectiva cristiana y humanística reflexiones sobre actualidad, historia, filosofía, religión, deportes y otros temas de interés. Queda expresamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de este blog sin citar su origen o el permiso expreso y por escrito de Víctor C. Bustillo
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
sábado, 11 de mayo de 2019
lunes, 10 de octubre de 2016
APAGÓN
Por Dani Arrébola
Siempre con un
respeto imponente, pero reconozco que dentro de ese respeto no le concedía
apenas credibilidad a los fenómenos paranormales, a todo aquello que se escapa
de la simple y más pura propiedad tangible. No se lo concedía hasta que me
ocurrió el “episodio” que trataré de explicar ya con los retazos en la memoria
que -de forma irremediable- quiebran el paso de los años. Desconozco si tal
vivencia tiene el suficiente interés para un ya consagrado pero siempre
renovado público de lo paranormal, incluso no estoy seguro que la experiencia
sea en sí misma fenómeno anómalo alguno; mas sí tengo la convicción que -al
menos hasta día de hoy- no le he sabido encontrar explicación alguna y que es
tal mi respeto sincero y profundo hacia Víctor Caesar Bustillo, el autor de
este más que interesante blog, así como la seguridad implícita de que contarlo
puede nutrir de inquietudes y reflexiones a este humilde espacio, que a pesar
del tiempo transcurrido me he impulsado definitivamente a la luz...o al abismo,
es decir, a contarlo entre líneas.
Y el momento,
experiencia, vivencia o sírvanse a su gusto el sinónimo que más plazca, ocurrió
en un agradable y soleado mes de Agosto de 2013, por las mágicas tierras -y lo
de mágicas no lo digo por aliñar sino por merecimiento histórico- de la
provincia de Jaén. Mi eterno amigo Javier Tarifa me invitó, -como ya hiciera el
año anterior- a pasar unos días en la casa propiedad de su madre, ubicada en el
vasto y alargado municipio de Jódar. Y me invitó con una advertencia “En mi
casa ocurren fenómenos paranormales...”, ya veremos pensaba yo en tono
jocoso. Sí, eso eso, ya lo veremos unas líneas más adelante...
Entre bombas que
estallaban en el paladar y que conformaban las siempre acompañantes y riquísimas
tapas de la zona, disfrutábamos en las terrazas de los bares mientras
formulábamos el planning sencillo y directo para visitar Bélmez de la Moraleda
y su archi-famosa Casa de las Caras. Apenas veinte minutos separan ambas
localidades, ocasión única pues para aprovechar y visitar un auténtico lugar de
poder y enclave líder de la ciencia de lo inexplicable de nuestro tapete
geográfico-histórico. Además de Javier, me acompañaban en aquel soleado día los
padres, un tío materno y dos jovencísimos primos de mi amigo. Al llegar a la
casa tras serpentear una pequeña cuesta que te ayuda a contemplar tan precioso
pueblo, nos topamos con un pequeño y humilde cartel que indica los números de
teléfono de Miguel y Diego Pereira, los dueños de la casa e hijos de María Gómez
Cámara, la antigua dueña ya fallecida. Llamamos a Miguel “-Hola. Venimos de
Barcelona para ver la casa de las Caras.” -”De Barcelona? (Su voz tan
pueblerina como amable, deja un pequeño espacio para la emoción). Ahora
mismo voy
para allí y os la enseño. En cinco minutos llego”.
![]() |
| Miguel Pereira junto a "La Pava" |
Y Miguel nos la
enseñó, no toda la casa sino la pequeña estancia donde aparecen tan conocidos y
enigmáticos rostros que, al fin y al cabo es lo interesante de la misma. La
hora y pico dentro de esa estancia la recuerdo como uno de los momentos más
apasionantes de mi aún corta vida. Miguel nos mostraba rostros clásicos como La
Pava -la pionera de las caras que hizo acto de presencia a principios de la
década de los 70 mientras María cocinaba-, rostros nuevos y emergentes, otros que
parecían figuras de animales e incluso ayudándose de su teléfono móvil nos
mostraba retazos de gestos y expresiones que a simple vista no se podían
advertir entre una inesperada oratoria que me sorprendió y conmovió. Creo que
hablo por todo el grupo si digo que al salir de aquél lugar de poder nos
sentimos purificados. Recorrimos el tan hermoso pueblo deambulando con suavidad
y con el rostro ocupado y liberado de emociones encontradas ante tan
inexplicables caras.
Tras pasar toda
la comida y buena parte del día en Bélmez, regresamos a Jódar. Salimos como
siempre a disfrutar de sus incontables bares y tapas pero aquella noche nos
recogimos razonablemente pronto para lo habitual en esas largas y tranquilas
jornadas veraniegas. Sería aproximadamente la una de la mañana y el día me
había cundido mucho más de lo esperado. Aquella noche Javier decidió sacarse el
colchón y dormir afuera, para así poder taparse y disfrutar de ese viento
nocturno impagable que se presenta en la provincia y en sus territorios adyacentes
y que supone el mejor amigo para conciliar el sueño. Yo sin embargo estaba lo
suficientemente cansado y sabía que iba a quedarme dormido pronto, muy
pronto... Tras leer lo que pude, con unos ojos más generosos por combatir el
cansancio que prestos a la lectura, decidí apagarlos (mis ojos) no sin antes
apagar la bombilla que colgaba en el techo de la cama de mi ancha y vasta
estancia.
Todo pasó en
décimas de segundo y en latidos que bombearon sangre con espanto. Recuerdo
decir -suelo hablar mucho para mí mismo- “Voy a apagar la luz”. Y la luz
se apagó. Pero se apagó antes de apagarla yo. Se apagó con brusquedad y a los
tres segundos se hizo de nuevo. La bombilla parecía retorcerse entre sus
balanceos agresivos. Mi respiración hubiese sido capaz de despertar por su volumen a toda la casa si no fuera porque
cogí mi colchón y me puse a correr por la misma como nunca antes recuerdo
correr. Bajaba los escalones de dos en dos hacia una planta baja en la que
sentía continuamente la presencia de algo/alguien detrás mío. Una presencia
incesante. Javier y sus padres, Rafael y Ramona, salieron a mi encuentro. “Daniel,
qué ha pasado”. No recuerdo siquiera que les respondí al instante pero sí
lo hice con el rostro absolutamente desencajado. ”La luz...La luz...”
![]() |
| "La Pava" y "El Pelao", las dos caras que fueron arrancadas del suelo |
Claro está que
por muy cansado que estuviera aquella noche me fue imposible dormir. A la
mañana siguiente, durante el desayuno y devorando tan deliciosos jeringos del
aceite inigualable jiennense, la madre de mi amigo me comentó que esa misma
noche también había visto sombras y oído extraños sonidos y ruidos que parecían
salir de la cocina. “¿Y pudo dormir sin problema.? ¿No le preocupa esto
señora Ramona?”, “No”, me respondió. “Porque esto es nuestro pan
de cada día”. Me explicó que en los más de cien años de esa casa, su propia
madre ya veía todas las noches a su abuela difunta desde hace muchos años, que
numerosos familiares y amigos que se habían quedado a dormir en la misma
vivieron sin excepción experiencias similares y muy parecidas a la que yo mismo
acababa de vivir. Mi amigo Javier se incorporó al desayuno y me apuntilló un “Te
lo dije”, con el tono del que lleva ya mucha costumbre acumulada por ver
invitados en su lar con el pulso tan acelerado como el mío. “¿Has visto el
cuadro de la habitación de arriba en el que aparece el mítico muñeco Snoopy,
con un montón de firmas de todos los que visitáis la casa?” Por supuesto
recordaba ese cuadro. Firmar fue lo primero que hice al llegar al hospedarme en
la habitación. “Pues entre las numerosas firmas que hay grabadas se
encuentra la de un amigo de mi hermano mayor, que firma como Ita. Vivió algo
parecido al apagón que has vivido pero corrió peor suerte. A la semana
siguiente de firmar y estar aquí murió tras dar un mal paso y caerse al vacío
mientras trabajaba de seguridad en el campo de fútbol de Sarrià donde jugaba el
Espanyol.” Crujió como el sonido de un lamento mi jeringo en la boca. Nunca
más volvimos a hablar del tema. Nunca más volví a encender a aquella luz. Un
apagón que al fin hoy expongo, con la falsa seguridad que produce el paso de
los años, pero, al fin y al cabo...un apagón desde el más allá que me hace
tener fe en Bélmez, en Jódar, en la provincia entera de Jaén y en cualquier
lugar de este país y mundo en el que lo paranormal encienda una bombilla. Se me
hizo la luz.
miércoles, 24 de diciembre de 2014
El Niño Jesús fue acunado por San Francisco de Asís (Greccio 1223)
Aquella
mañana del 24 de diciembre de 1223 amaneció Greccio con una bonita nevada, como
si Dios quisiera saludar con esa bendición a los pobrecillos frailes que
dormían en aquel lugar, donde tenían intención de celebrar la fiesta del
Señor.
La
devoción de San Francisco por la Natividad de Cristo le venía desde el
principio de su conversión. Algunos años después de haber conocido al Señor, en
1209, le había dicho a fray Morico, uno de sus primeros compañeros "Pecas
llamando día de Venus (pues eso significa la palabra viernes) al día
en que nos ha nacido el Niño. Ese día hasta las paredes deberían comer carne;
y, si no pueden, habría que untarlas por fuera con ella". Lo dijo
cuando el frailecillo planteó al Poverello, tras debatirlo con los demás
hermanos, si al coincidir viernes y día de Navidad se debía ayunar o no.
Además
aseguraba, según fray
Tomás Gálvez, que "Si pudiera hablar con el emperador Federico II, le
suplicaría que firmase un decreto obligando a todas las autoridades de las
ciudades y a los señores de los castillos y villas a hacer que en Navidad todos
sus súbditos echaran trigo y otras semillas por los caminos, para que, en un
día tan especial, todas las aves tuvieran algo que comer. Y también pediría,
por respeto al Hijo de Dios, reclinado por su Madre en un pesebre, entre la
mula y el buey, que se obligaran esa noche a dar abundante pienso a nuestros
hermanos bueyes y asnos. Por último, rogaría que todos los pobres fuesen
saciados por los ricos esa noche". Yo secundo esas palabras de mi
Seráfico Padre aunque, como dice un buen amigo mío, me lloverían críticas
incluso de algunos que se dicen católicos aunque, obviamente, tengo temor de
Dios pero no temor de los hombres.
Según Tomás de Celano, el primero de los biógrafos del gran
santo italiano, "La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo
y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el Santo Evangelio y
seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención,
con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su
corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima
consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la
humildad de la encarnación y la caridad de la pasión que difícilmente podía
pensar en otra cosa. Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es
lo que hizo tres años antes de su gloriosa muerte cerca de Greccio, el día de
la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre,
de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el
bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues siendo de noble familia
y muy honorable despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del
espíritu.". Tal como reiteraré a lo largo del artículo, el hecho de
la santidad de Juan de Greccio, reconocida por alguien como San Buenaventura,
es lo que da credibilidad a este relato, aunque hoy en día cierta
historiografía pretenda quitar relevancia a lo ocurrido en Greccio en aquella
noche.
Continúa
Celano relatando que todo comenzó: "Unos quince días antes de la
navidad del Señor, el bienaventurado Francisco llamó (a Juan de Greccio),
cómo solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: -Si quieres que celebremos en
Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo
que yo te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén,
y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez
de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y como fue colocado sobre heno entre
el buey y el asno-". Por su parte San Buenaventura informa en su
Leyenda Mayor que "Para que dicha celebración no pudiera ser tachada
de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice y, habiéndola
obtenido, hizo preparar un pesebre con el
heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno".
Juan de Greccio, narra Celano, corrió presto a preparar en el lugar señalado
cuanto el Santo le había indicado.
Aquellos
fueron días de intenso trabajo para Juan, quien de forma eficaz consiguió
tenerlo todo listo para la santa, bendita y mágica noche. San Francisco, por su
parte, permaneció durante esas jornadas en un clima de profunda oración. Cada
día se retiraba a su cueva favorita, cerca de la Porciúncula, acaso una remembranza
de aquella cuevecita de Belén, para orar y para meditar sobre el gran misterio
con el que comienza nuestra fe: el nacimiento del Hijo de Dios, aquel que le
había llamado unos años antes a su seguimiento: "Francisco, Francisco...
¿Quién te puede ayudar más, el señor o el siervo?". Esto
aconteció en aquella noche de Espoleto donde su vida cambiaría
para siempre., pasando de ser "El rico Francisco" al "Poverello
de Asís".
Prosigue
Tomás de Celano diciendo que "Llegó el día, día de alegría, de
exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares, hombres y mujeres de la
comarca, rebosando de gozo, que prepararon, según sus posibilidades, cirios y
teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó
todos los días y años. Llegó, en fin, el Santo de Dios y, viendo que todas las
cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se
trae el heno, y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor,
la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una
nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los
hombres y para los animales. Llega la gente y, ante el nuevo misterio, saborean
nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de
júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre
entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre,
desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se
celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de
singular consolación
El Santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo
era, y con voz sonora canta el santo Evangelio. Su voz potente y dulce, su voz
clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al
pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la
pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer
mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice el Niño de Bethleem y,
pronunciando Bethleem como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de
tierna afección. Cuando le llamaba niño de Bethleem o Jesús, se pasaba la
lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de
estas palabras.
Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón
virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba
recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un
sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el Niño Jesús,
sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia por medio de
su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados.
Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría".
San
Buenaventura añade algunos detalles sobre esta noche cuando relata que "Son
convocados los hermanos, llega la gente, el bosque resuena de voces, y aquella
noche bendita, esmaltada profusamente de claras luces y con sonoros conciertos
de voces de alabanza, se convierte en esplendorosa y solemne.... El
varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en
lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre
la misa solemne en la que Francisco levita de Cristo, canta el santo
Evangelio.
Predica después al pueblo allí presente sobre el
nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo -transido de ternura y
amor-, lo llama Niño de Bethlehem".
Aquella
prédica de San Francisco debió ser, sin duda, inolvidable. Los testimonios de
Celano y San Buenaventura, se
basan, como hemos visto, en el testimonio de Juan de Greccio, quien
"por su amor a Cristo había abandonado la milicia terrena y profesaba
al varón de Dios una entrañable amistad. Aseguró este caballero haber visto
dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso al que, estrechando
entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo
del sueño. Esta visión de Juan de Greccio es digna de crédito por la
santidad del testigo y también porque "El ejemplo de Francisco,
contemplado por las gentes del mundo, es como un despertador de los corazones
dormidos en la fe de Cristo, y el heno del pesebre, guardado por el pueblo, se
convirtió en milagrosa medicina para los animales enfermos y en revulsivo
eficaz para alejar a otras clases de pestes. Así, el Señor glorificaba en todo
a su siervo y con evidentes y admirables prodigios demostraba la eficacia de su
santa oración", algo sobre lo que hablaré brevemente al final
del artículo. De momento sólo un inciso. Hoy para el mundo, para los paganos,
parece que esta noche quien viene es un tipo barbudo y gordo al que llaman Papá
Noel. No les hagáis caso, escuchad el despertador que San Francisco ha
programado para hoy, tanto en Greccio como en nuestras vidas. Quién realmente
viene es Jesucristo, viene el Niño Dios, debemos acogerle en nuestra alma.
Sería trágico para un cristiano que diésemos entrada en nuestras vidas a un
símbolo pagano mientras dejamos de lado al Niño Jesús, quien realmente nos
puede salvar. Papá Noel no salva, Jesucristo sí ¿Con quién te quedas?
¡DESPIERTA!
Lo
ocurrido en el Greccio de 1223 también nos muestra otra bella y gran enseñanza.
La Encarnación no sólo aconteció en el Belén de hace dos mil años. Se
produce día tras día en todo lugar donde un sacerdote celebra la Eucaristía y/o
donde hay un Sagrario con el Señor dentro. Sin embargo en aquella noche
inolvidable se estaba produciendo, probablemente, lo que más llenaba de gozo a
Francisco de Asís. Sobre el mismo pesebre se celebraba el sacrificio
eucarístico. Al Poverello, tanto la Eucaristía como la Encarnación le
recordaban la elección hecha por un Dios que se humilla para salvar al hombre.
El
propio Francisco decía "Ved que diariamente se humilla, como
cuando desde el trono real vino al seno de la Virgen; diariamente él mismo
viene a nosotros, en humilde apariencia; diariamente desciende desde el
seno del Padre al altar en manos del Sacerdote". Por otra parte, tal
cómo decía El Principito, lo esencial es invisible a los ojos, sólo puede verse
con el corazón. Es razonable pensar que si Juan de Greccio era, como se decía
de él, un varón lleno de Dios, el Señor le regalase esa visión que, por otra
parte, quizá estaba realmente produciéndose. Por otra parte, recordemos que el
propio San Francisco tuvo al principio de su conversión un sueño que le produjo
lágrimas de dolor y tristeza pues "El
Amor no es amado". Había tenido un sueño en el que veía una iglesia
llena de fieles rezando a Dios pero ninguno de ellos le amaba realmente, le
pedían egoístamente a Dios pero no le amaban de verdad. Por otra parte, si hubo
un santo que realmente supo nacer de nuevo, supo ver a Jesús con la sencillez
de los niños, ese fue San Francisco de Asís ¿Cómo no iba a venir de nuevo,
entre sus brazos? Sólo quien tiene la humildad y la mirada limpia y pura de un
niño puede comprender la realidad de un hecho así.
Quizá
en nuestro tiempo, con el materialismo imperante, no nos damos cuenta de lo que
realmente significa la Navidad. Para San Francisco, Santa Clara y sus coetáneos
tenía un profundo sentido cristiano, eran verdaderamente conscientes de que en
aquella noche todo el protagonismo debía ser para aquel niño, Jesús de Nazaret,
que nació en Belén. Ellos veían, de forma clara y meridiana, la trascendencia
de aquel acontecimiento donde todo un Dios, el Creador de cielo y tierra, el
Rey del Universo, aquel que es el principio y fin de todo lo que existe...
aparecía ante los hombres con su propia humanidad, se rebajaba a nuestra
imperfección y compartía con nosotros todo lo que a nuestra humanidad
concierne, exceptuando el pecado. Aquel Niño que lloraba, reía, jugaba, tenía
frío, sentía calor... ese Niño que años después daría la vida para salvarnos.
San Francisco de Asís quedaba transfigurado cuando meditaba, en la soledad de
la cueva o en una iglesia, sobre lo que significaba la Encarnación del Hijo de
Dios. Según Giovanni Miccoli, quien ha estudiado los escritos de Francisco
"La Encarnación encuentra su cumplimiento en la Pascua: En la cena,
con el ofrecimiento del pan y el vino -que se perpetúan en forma de sacramento,
hasta el final de los tiempos-, en la pasión y muerte, con la total sumisión
del Hijo a la voluntad del Padre". Si, eso lo comprendía muy bien un
Francisco que años después se iba a configurar plenamente a Jesucristo al
recibir, en el Alvernia, las Huellas de la Pasión, aquellas llagas de dolorosa
bendición que le vinieron hacía el final de su vida, momento en el que
comprendió que "La cruz desvela el sentido profundo de la Encarnación",
como decía el propio Miccoli.
Pero
para la Pasión faltaba aún mucho en aquel Belén de hace dos mil años, dejemos al
Niño Jesús dormir tranquilo en manos de su bendita Madre mientras tanto. Para
San Francisco aunque el Señor realizó la Salvación en otras solemnidades
(Semana Santa y Pascua), esta en realidad comenzó con su Nacimiento. Hablemos,
por ello, de la luz, contaba Tomás de Celano que "hombres y mujeres de
la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y
teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, ilumina
todos los días y años". Según cuenta Fray
Hipólito Barriguín, en aquella época era costumbre reforzar la iluminación de
los templos durante la noche de Navidad para presentar de forma fulgurante
aquel acontecimiento. Menciona este fraile el Liber usuum Ecclesiae Cusentinae,
escrito por Luca de Casamari (Arzobispo de Consenza) quien reseña la
iluminación, en aquella catedral, del altar de San Juan Bautista, donde se celebraba
la "Misa del Gallo". Para ello se añadían candelabros de hierro,
antorchas y se encendían velas en las ventanas mostrando la alegría luminosa
que envolvió en la noche de Belén a los pastores.
Según
se cuenta en la tradición franciscana, el Poverello "habló con
palabras que vierten miel", debió ser una homilía que conmovió a los
presentes en aquella celebración, los cuales volvieron a casa llenos de
alegría. Hay quien dice que en aquella noche realmente no se representó un
Belén, como hemos mencionado, sino que es una tradición posterior, pese a lo
relatado por San Buenaventura. Argumentan para ello, como si estuvieran dentro
de la mente del propio Santo, que no tenía por intención montar un Belén tal
como los conocemos hoy en día y se ciñen a los belenes napolitanos del siglo
XVI. Lo que no saben es que en realidad aquella noche Jesús nació de nuevo, se
volvió a hacer un niño. Se hizo niño en San Francisco de Asís, quien le acunó
con gran ternura y devoción. Es cierto que ya hacía muchos años de su
conversión y que le quedaban apenas tres años de vida terrenal. Pero aquella
noche el Niño Jesús se hizo presente en Francisco el "Alter
Christus". En aquella noche comprendió algunas cosas que hasta entonces no
había entendido en toda su plenitud y que le ayudaron a configurarse cada vez
más a Jesucristo en un camino que tendría en el Monte Alvernia su cima con la
impresión de las Llagas de la Pasión. No saben tampoco que aquella noche hubo
otra estrella guiando el recorrido, pero esta vez no fue un cometa sino
que fue el propio Jesús, bajo la forma del pan y el vino, quien guiaba a los
cristianos, de forma especial a los franciscanos, por el camino que debían
realizar para seguirlo: humildad, sencillez y alegría. Esa humildad y sencillez
que tuvo Jesucristo a su paso por la tierra y, de forma especial, la alegría de
aquel Niño en Belén sonriendo en manos de su Madre María Santísima cuando los
Magos de Oriente le llevaron oro, incienso y mirra. De ahí la gran alegría de
quienes asistieron a aquella "Eucaristía-belenística", una alegría
que les duró toda la vida y cuyos efectos fueron visibles
durante generaciones.
Termina
Celano su relato diciendo que "Se conserva el heno colocado sobre el
pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio
se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de
la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno
curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos,
colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo
acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de
diversos males".
¿Y
qué pasó con el lugar del pesebre? nos responde Celano: "fue luego
consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se
construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en
otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de
continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero Inmaculado
e Incontaminado, Jesucristo Señor Nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo
e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios
eternamente glorioso por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya".
Sigamos
pues, queridos hermanos, el ejemplo de San Francisco de Asís y dejemos que en
esta bendita y mágica noche Jesús nazca de nuevo en nuestros corazones, que él
transforme nuestras vidas llenándonos de paz, de sencillez, de humildad y nos
santifique. Recordemos las palabras de Benedicto XVI, quien decía que "La
Pascua había concentrado la atención sobre el poder de Dios que vence la
muerte, inaugura una nueva vida y enseña a esperar en el mundo futuro. Con San
Francisco y su belén se ponían de relieve el amor inerme de Dios, su humildad y
su benignidad, que en la Encarnación del Verbo se manifiesta a los hombres para
enseñar un modo nuevo de vivir y de amar". En definitiva, San
Francisco nos enseñó el amor a la humanidad de Cristo y la certeza de que Él
nos sale al encuentro como un niño recién nacido. Salgamos al encuentro de
Jesucristo en esta bendita noche. Debemos arroparlo con el calor de nuestra
alma, dejarle entrar en ella para que nos colme de bendiciones y nos ayude a
poner toda nuestra vida en sus manos. Jesús, aquel Niño que nació hace dos mil
años en Belén, Hijo de Dios, nacido en el seno de la Virgen María e hijo
adoptivo de San José es, y debemos ser conscientes de ello, el Amigo que nunca
falla.
Os
deseo que paséis una santa nochebuena y una muy feliz Navidad de nuestro Señor.
Termino con la Bendición de San Francisco:
“El
Señor os bendiga y os guarde; ilumine su rostro sobre vosotros y tenga
misericordia de vosotros, vuelva a vosotros su rostro y os conceda la paz”.
El
Señor os bendiga, hermanos míos, PAX ET BONUM
Fuentes
documentales: http://www.franciscanos.es/index.php/ofm-santiago/san-francisco/44-vida-y-carisma/308-francisco-de-asis-y-el-belen-de-greccio
http://www.franciscanos.org/enciclopedia/navidad1223.html
http://www.fratefrancesco.org/esp/navid.htm
http://paradagamez.blogspot.com.es/2011_12_01_archive.html
http://agolpesdecincel.blogspot.com.es/2010/12/san-francisco-de-asis-y-la-tradicion-de.html
jueves, 12 de junio de 2014
Verbena de San Antonio de la Florida. Por Ricardo Sepúlveda
Hace tiempo cayó en mis manos uno de esos libros que se encuentran a veces casi escondidos en las estanterías de las grandes librerías. Son libros que, pese a no tener la fama del Quijote, creo que merece la pena leerlos, especialmente si se refieren a la historia de la ciudad donde uno ha nacido y crecido. Este libro, en concreto, se llama Madrid Viejo: crónicas, avisos, costumbres, leyendas y descripciones de la villa y corte en los siglos pasados". Su autor, Ricardo Sepúlveda, fue un escritor nacido en Zaragoza (1846) cuya obra abarcó teatro, historia, libros de viaje y zarzuela. Aunque estudió Derecho, destacó por su faceta literaria escribiendo obras como : El Museo Universal (1857), El Monasterio de San jerónimo el Real de Madrid: estudio histórico-literario (1888), La Casa de las Siete Chimeneas, entre otros. Además del mencionado libro sobre el Madrid Viejo. Fue miembro de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Destacó, se dice, por su gracejo e ingeniosa chispa que le permitieron describir genialmente las cosas de Madrid. Su "Madrid Viejo" le tengo en una edición de 2008, versión facsímil editada por la Editorial Maxtor (de Valladolid), la cual realiza facsímiles de libros antiguos y "de viejo". Ricardo Sepúlveda falleció en 1909.
Me parecía interesante, ahora que se acercan dos festividades de gran tradición en Madrid, traer a la luz de este candil aquello que Ricardo Sepúlveda cuenta sobre ellas. Me refiero a San Antonio de la Florida, que se celebra mañana 13 de junio (San Antonio de Padua) y al Corpus Christi. Pero en este primer artículo me referiré únicamente a la festividad de San Antonio con la cual el verano "toma posesión oficial de la villa del oso". El autor habla de esta verbena en las páginas 38-41 del citado libro. Allá van estas líneas que nos conectan con la historia de la villa y corte madrileña y sus tradiciones. Lo transcribo tal cual lo plasmó su autor, un poco como homenaje a este cronista de Madrid. Hago algunos comentarios personales anexos.
Dice Sepúlveda que "el verano no toma posesión oficial de la villa del oso, hasta que las espigas de rojo pálido de la verbena de San Antonio maduran sobre sus tallos". De alguna manera, como vemos, sirve San Antonio como preludio a la temporada de verano, aunque aún estemos en Primavera.
Es entonces, relata, "en cuanto los verbenarii de los pueblos circunvecinos se presentan en los mercados de la corte, con cestas de cangrejos y de berros, con requesón de Miraflores y con rábanos, llevando en los cuévanos ramitos de verbena, a semejanza de los antiguos heraldos de armas, que se ceñían con ella la cabeza, cuando iban a anunciar la paz o la guerra; en cuanto el calendario de los santos y los astrónomos señala la entrada triunfal del mes de Junio, el Quasimodo de la ermita de San Antonio de la Florida, que pudo ser de mozo sacristán o monaguillo, limpia apresurado el altar del Santo y riega, con agua lustral de flores de verbena, el suelo y las paredes, dentro y fuera del lugar bendito". Realmente impresiona ver como en el transcurso de unos pocos días la ermita se transforma y engalana para la festividad de su Santo Patrón. De esta manera, explica Sepúlveda, "entiende la purificación del templo el ermitaño solitario, que pasa días y meses oyendo el silbido de las locomotoras del Norte (la actual estación de Príncipe Pío), acuarteladas en las praderas de San Antonio". Sorprende leer esto si lo hacemos con nuestra perspectiva histórica, pero en época de su autor es muy probable que el actual barrio ribereño tuviera una fisonomía muy diferente. Muchas veces he recorrido esa histórica estación de Norte, más de una vez trato de imaginarme aquellas locomotoras antiguas, de vapor y con un traqueteo suave, cruzando esas vías por las cuales ahora transcurren los modernos trenes de Cercanías. A veces, en el silencio de la noche, aún parece que resuenan los ecos de aquellos pitidos a los que hacía alusión Sepúlveda.
¿Cómo se preparaban para la Santa Misa? nos responde Sepúlveda: "Al mismo tiempo que el ermitaño limpia, el capellán prepara su mejor casulla; pasa revista a las albas y sobrepellices, que planchan y encañonan manos castas: se proporciona, si no los tiene, uno o dos libros misales, con broches plateados y atril de nogal bruñido; mira con éxtasis los frescos de Goya (ya no deben estar muy frescos), que para honor del arte pictórico dejó en el cielo sonriente de la ermita, representando ángeles un poco mundanos, el célebre maestro, y recita con voz monótona un párrafo del sermón-panegírico, que, por periodos, va aprendiendo de memoria para predicarlo a los fieles". Se refiere, claro está, a la ermita de San Antonio que conserva los frescos de don Francisco de Goya. Actualmente funciona cómo museo mientras que la Santa Misa se celebra en la réplica, que se construyó al lado, que suele llenarse durante las Eucaristías dominicales e incluso a diario. De hecho por el día está abierta unas cuantas horas, lo cual permite a los madrileños, especialmente a la gente del barrio o a quien pase por allí, ir a rezar. Por otra parte, la visita a la ermita original merece mucho la pena, es impresionante.
Prosigue Ricardo Sepúlveda dándonos detalles sobre las horas previas a la festividad: había "un palio de tisú bordado en seda con varas de pino doradas; una custodia de plata para el tabernáculo; un incensario de metal blanco ennegrecido por el humo, y una cruz del mismo metal para el centro del retablo, contemplan el lujo de la decoración y ornamentos sagrados, con que el capellán titular de la ermita se dispone a solemnizar, todos los años, el día 13 de Junio, las glorias de la verbena de San Antonio de la Florida. Llegado el momento, la campana de la ermita llama con regocijado volteo a los hijos de Madrid, y les incita impacientemente para que vayan "a coger la verbena", caminito abajo de la carretera de Castilla, y lo que queda de prado junto al venerado templo. Madrid no oye la campana, pero la adivina, y en el acto, todos aquellos que guardan en su pecho la tradición de las verbenas, el aniversario de las romerías y el culto de las corridas de toros, van junto a la puerta de San Vicente e inmediaciones de la estación del Norte, a formar, en filas desiguales, el alegre tumulto, que, entre agualojeros, buñoleros, barquilleros, reposteros, avellaneros, naranjeros y tomadores, pasan la noche bostezando y cantando al son de guitarras, bandurrias y panderetas". En pocas líneas explica, con maestría, cómo se va preparando la celebración religiosa, como de diversos puntos de Madrid (que por entonces tendría en la Castellana, antigua carretera de Castilla, una de sus "fronteras", desde ambos lados del río, madrileños que acudían con entusiasmo a las diversas romerías y verbenas que por entonces se celebraban en Madrid (algunas hoy desaparecidas, como la Verbena de Santiago o la de la Virgen del Puerto). Parece, leyendo estas líneas, como si desde una ventana contemplásemos al capellán preparando la Misa de San Antonio, o a las gentes de aquel Madrid celebrando la verbena. Resulta interesante, a ojos de un historiador, ver el tipo de oficios que había alrededor de una verbena, algunos hoy ya desaparecidos. Aún se ven por Madrid algunos barquilleros, aunque han perdido algo del misterio que tenían cuando jugabas a tratar de conseguir dos barquillos y quizá te quedabas sólo con uno, o con ninguno. Hoy simplemente le dices cuantos barquillos quieres y te los vende.
El autor, en sus últimas líneas, se refiere más bien a la verbena en sí que a la celebración religiosa, nos cuenta cómo los madrileños de hace más de 150 años vivían este tipo de festividades: "Ríos de mosto en "sangría.... suelta", con limón y sin limón y con azúcar, pasa constantemente por las fauces sedientas de los devotos, que llegan algunas veces a emborracharse, y como la temperatura es, por lo común, tan sofocante que hace cantar a los grillos en los ribazos, y a las chicharras en los árboles de la Casa de Campo y en la Moncloa, la mayor parte de los verbenistas se quedan paseando o bailando para asistir a la primera misa de San Antonio, o bien, soñolientos y descoyuntados, dejan la tela, entre los horrores de una indigestión de masa frita, a la hora en que el mochuelo da su último gañido y la alondra de los trigos alza el vuelo para saludar al sol naciente". Quizá, querido lector, hayas acudido alguna vez a ver la Zarzuela de San Antonio de la Florida. Si es así, posiblemente leyendo estas líneas te hayan venido a la mente algunos de los momentos de dicha zarzuela. Ricardo Sepúlveda muestra, en pocas líneas, una fotografía de aquellas verbenas de San Antonio celebradas al calor de las noches de junio. En cierto modo, no tan diferente de las actuales, pues los verbenistas siguen acudiendo a tomar un vino con los amigos o a tomar algo de "fritanga" en los diversos puestos callejeros, aunque personalmente quien esto escribe sigue prefiriendo tomar un buen chocolate con churros (aunque sea junio, sí). Actualmente, además, hay algunas atracciones para niños, y no tan niños, además de actuaciones musicales (que supongo antiguamente también habría música, aunque fuera de organillo, dulzaina y chotis).
Concluye Ricardo Sepúlveda diciendo que "En este solemne instante (durante el amanecer) es cuando todos se retiran a dormir la mona a sus respectivos alojamientos, hasta que llega la noche y se repite el jaleo verbenil, con más calor si cabe que en la víspera. El ermitaño ha cuidado, durante las últimas horas de la noche, de renovar las flores, para que el aire que se respire en el Santuario tenga el perfume de la azucena, y mientras llega el capellán y empieza la fiesta, entona sotto voce este dulce cantar de Trueba: "Entre flores y ramas tienes tu ermita, Glorioso San Antonio De la Florida". De alguna forma nos trae varias postales antiguas. Por un lado aquellos que han trasnochado y se retiran a sus hogares, por otra parte el ermitaño cuidando el templo y el capellán preparando la Misa de San Antonio. Con maestría sabe unir los tres escenarios para que el lector pueda hacerse una única imagen y comprenda como se vivían por entonces estas verbenas madrileñas. Posteriormente pasa a describir la verbena de San juan Bautista, en el prado de la Toya, o Atocha.
Me ha parecido traer bajo la luz de este candil las palabras con las que glosa Sepúlveda el Madrid de su tiempo durante la festividad de San Antonio de la Florida, que como ya sabéis se celebra mañana aunque tiene su continuación, durante los días de verbenas, a lo largo de la próxima semana. Creo que además de conocer y celebrar nuestras tradiciones, especialmente las festividades religiosas, es bueno saber como se celebraban en el pasado, ya que nos ayuda a conocer nuestro folclore popular y ver que, en el fondo, no somos tan diferentes de nuestros antepasados. También es curioso, en el Madrid del siglo XXI, ver la actual Cuesta de San Vicente e imaginar a aquellos chulapos y chulapas bajando, unos caminando, otros en mulas y carros. Me gusta sentarme en el actual Madrid Río y pensar en aquel Madrid antiguo, en sus gentes, en las cosas que aquí ocurrieron en el pasado y en las personas que pisaron sus calles (entre ellas, mi Santo Patrón: San Francisco de Asís). En Wikipedia hay un buen artículo con más información sobre la Verbena de San Antonio de la Florida, os animo a leerlo, pues hay algunas tradiciones realmente curiosas, como la de los alfileres arrojados a la pila bautismal simulando las arras matrimoniales y la bendición de los panecillos que después los verbenistas guardan durante el año en la creencia de que, mediante el ahorro, serán bendecidos con bienes materiales. También algunos blogs dan más información sobre esta fiesta, por ejemplo este de Caminando por Madrid. Un blog muy bueno sobre curiosidades e historia de Madrid es Secretos de Madrid
Sin más, concluyo invitándoos a acudir mañana a la Eucaristía (habrá diversas horas de celebración durante la mañana) y a la procesión que tendrán lugar mañana en la ermita de San Antonio de la Florida. Se trata, decía Trueba, de "la primera verbena que Dios envía". Con ella, de alguna forma, el verano anuncia que ya está aquí. Según la web de la ermita y parroquia, Mañana día 13 hay misas+procesión+panecillos+veneración reliquia+ verbena+confesiones de 6:30 a 24:00. Las misas serán a las 7, 8, 9, 10, 11 de la mañana y a las 17, 18, 19, 20, 21 de la tarde. La Misa Mayor y Procesión de San Antonio será a las 12 de la mañana.
Termino recomendándoos que compréis el libro, especialmente si sois madrileños, os gustará. Habla de lugares con historia que hoy nos resulta complicado imaginar como eran antiguamente, por ejemplo la Red de San Luis o la Plaza de Santo Domingo, donde se encontraba el antiguo monasterio de Santo Domingo el Real, donde estuvo enterrado Pedro I de Castilla, llamado El Cruel o podremos conocer el por qué de nombres de calles como La Montera, El Bonetillo y ver lo que ocurrió con la Casa del Duende o en las Gradas de San Felipe (el mentidero mayor de la villa).
Para este artículo se han extraído fragmentos del capítulo "Las Verbenas" de Ricardo Sepúlveda en su obra Madrid Viejo, crónicas, avisos, costumbres, leyendas y descripciones de la villa y corte en los siglos pasados", pp. 38-41. Edición facsímil de 2008 editada por la Editorial Maxtor, de Valladolid.
miércoles, 12 de marzo de 2014
El peregrino cautivado por el torreón de Santoyo
El caminante llegaba por aquel camino pedregoso, rodeado por dorados trigales. Pasó por aquel convento, pequeño y antiguo, donde vivieron santos y donde más de una vez se alojó quien fuera ama de leche de aquel inolvidable rey navarro, el gran rey navarro. Ese peregrino seguía el camino de las estrellas y vio, de pronto, alzando la cabeza, un majestuoso torreón, un campanario que emergía en medio de un humilde pueblo, fundado en época de los vacceos y que llevó por nombre el del gran emperador de Roma, Octavio Augusto, quien nos hizo a los paisanos plenamente romanos.
Pasó las murallas de aquella pequeña villa, cautivado por esa imponente iglesia cuyo torreón le había enamorado. Llegó hasta la plaza, en ella había unos rosales. Escuchó las campanas repicar, anunciando que se acercaba la hora de la Eucaristía. Entró a la iglesia, que llevaba por nombre el de aquel que no era digno de desatar las sandalias de Cristo y había predicado en el desierto. Mientras oraba quedó cautivado por el majestuoso retablo, donado por una persona del pueblo, Sebastián Cordero de Nevares, quien era Secretario Real de Felipe II. Terminó la Santa Misa, salió a la plaza y vio a mozos y mozas, bailando jotas castellanas al son de las dulzainas. Era 24 de junio, era el día grande de aquel pequeño pueblo, Santoyo, cuya iglesia es conocida como una de las minicatedrales palentinas.
Pasó las murallas de aquella pequeña villa, cautivado por esa imponente iglesia cuyo torreón le había enamorado. Llegó hasta la plaza, en ella había unos rosales. Escuchó las campanas repicar, anunciando que se acercaba la hora de la Eucaristía. Entró a la iglesia, que llevaba por nombre el de aquel que no era digno de desatar las sandalias de Cristo y había predicado en el desierto. Mientras oraba quedó cautivado por el majestuoso retablo, donado por una persona del pueblo, Sebastián Cordero de Nevares, quien era Secretario Real de Felipe II. Terminó la Santa Misa, salió a la plaza y vio a mozos y mozas, bailando jotas castellanas al son de las dulzainas. Era 24 de junio, era el día grande de aquel pequeño pueblo, Santoyo, cuya iglesia es conocida como una de las minicatedrales palentinas.
Tras comer en la posada, un buen lechazo como no podía ser menester, acompañado de una jugosa hogaza de pan y regado por un buen Ribera del Duero, reemprendió la marcha, rumbo a Santiago, donde esperaba llegar para la fiesta del Santo Apóstol.
Este relato ha sido escrito en un momento creativo dentro de la asignatura del Máster en Periodismo Social que Carlos González, periodista de COPE, nos está dando esta maravillosa semana donde tanto estamos disfrutando.
Santoyo, ese lugar donde todo es posible y donde el alma experimenta algo realmente maravilloso.
martes, 5 de junio de 2012
La casa de la luz encendida
Cuelgo un relato que escribí de pequeño, está basado en hechos reales de los cuales puedo dar fe:
Ocurrió durante el verano de 1992, en un pueblecito llamado Matalascañas. En aquel caluroso mes de verano, la zona occidental de Andalucia se llenó de turistas españoles y extranjeros que habían decidido visitar la Exposición Universal de Sevilla, y ya que iban aprovechaban para quedarse a veranear en alguno de los pueblos costeros.
Pablo había ido con su familia y con varios amigos hasta esta localidad de Huelva situada cerca de Doñana. Se quedaron en uno de tantos chalets como se alquilaban entonces en dicho pueblo.
Al principio, los primeros días, no notó ni sintió nada extraño, visitó varias veces la EXPO, se bañaba en la playa y por las tardes recorría aquella urbanización en bicicleta con sus amigos.
Fue una tarde de agosto, ya casi al final del verano, cuando Pablo le dijo a su amiga Ana que sí daban un paseo por la única zona de la urbanización que les quedaba por recorrer, habían escuchado que en esa zona se encontraba una casa encantada y querían visitarla pues les fascinaban los lugares abandonados, eran además aficionados al mundo del Misterio.
Se encontraban paseando por esa zona cuando vieron a un niño y le preguntaron por "la casa encantada", el chaval, llamado Rubén, se ofreció a acompañarles.
Cuando llegaron a la casa, había otros niños enfrente de ella, estuvieron hablando con ellos y se enteraron de que aquella casa siempre tenia una luz encendida en la cocina, fuese la hora que fuese. Parece ser que en la cocina un año antes habían encontrado el cadáver de una mujer, posiblemente asesinada por su marido.
Decidieron entrar. Tras dar una serie de vueltas por la casa vieron que una ventana se encontraba abierta y decidieron entrar por ella.
Ya estaban en el salón, lugar al que pertenecía la ventana, este se encontraba en penumbra y había un viejo butacón, también un televisor antiguo y luego una mesa con cuatro sillas. Junto a la puerta que conectaba con el resto de la casa había un cuadro de una mujer de tez morena, con un negro y largo cabello y con un niño en brazos.
Fueron inspeccionando la casa, vieron que la mayoría de las habitaciones se encontraban vacías, aunque había un cuarto de matrimonio todavía perfectamente ordenado, con una cama grande de estilo rústico y varios cuadros en las paredes donde aparecían personajes vestidos según la moda de principios del siglo XX.
Subieron al piso superior, lugar donde se encontraba la misteriosa habitación que tenia la luz encendida. Cuando se encontraban ya al final de la vieja escalera de madera escucharon unos lamentos, eran como las voces de una anciana que gritaba de forma desconsolada, poco después escucharon un sonido parecido a cuando alguien se cae al suelo.
Casi todos los niños se asustaron y se fueron al piso de abajo, pero Pablo y Ana decidieron aventurarse por aquel oscuro y angosto pasillo, sabían que la puerta que había al final del todo era la de la cocina y querían investigar.
Fueron andando, con tiento, mientras la vieja madera crujía y sentían una sensación de frío cada vez mayor, de hecho Pablo, que era de Soria, decía que había bajado tanto la temperatura como cuando helaba en su tierra, aunque ellos no lo sabían iban a presenciar un autentico fenómeno paranormal.
Les pareció sentir como a un niño pequeño jugando a la pelota detrás suyo, Pablo se lo dijo a Ana y esta se giró, pero asegurar no ver nada, unos minutos más tarde sus amigos les contarían que habían visto una sombra de un niño pequeño correteando por las escaleras hacia ellos.
Pero lo más extraño estaba por llegar, intentaron abrir la puerta de la "habitación encantada" pero no lo consiguieron, se encontraba cerrada por dentro, como sí alguien no quisiera que nadie entrase allí.
Decidieron ir a contárselo a sus amigos, a ver si alguien sabia como abrir esa puerta, estaban ya junto a las escaleras cuando escucharon una puerta abrirse de forma brusca, dando un fuerte estruendo. Se miraron asustados y comprobaron que tal puerta era el lugar que tanto estaban ansiando ver.
Pese al miedo que sentían decidieron ir a ver que había dentro, pero una vez llegaron vieron que la luz estaba apagada y no había nada en aquella estancia, ni siquiera los muebles que se veían desde fuera de la casa.
Aún se conservaban unos restos de sangre en el suelo y se asustaron un poco más al verlo, pero lo que les hizo alarmarse aún más fue una sombra que vieron entrar por la ventana, corrieron hasta la escalinata presa del pánico, fue entonces cuando escucharon una serie de maullidos y comprobaron que dicha sombra, la cual venia hacia ellos, no era otra cosa que un gato negro, posiblemente el único que vivía en aquella casa desde que se abandonó.
Bajaron al piso inferior, donde estaban todos sus amigos, les contaron la historia y decidieron marcharse, pues era tarde y estaba anocheciendo.
Cuando salieron de la casa, Manuel, uno de sus nuevos amigos se giró y vio que, efectivamente, la "habitación encantada" se encontraba con la luz apagada.
Se despidieron ya de sus amigos y al irse para la zona donde vivían, pasaron por la casa, entonces Pablo se quedó mirando a la ventana, extrañado puesto que estaba seguro de que se encontraba iluminada cuando llegaron, fue entonces cuando escuchó sorprendido a Ana diciendo "mira eso", se quedaron mirando y en la ventana vieron una figura luminosa, tenia un gran parecido con la mujer que habían visto en la foto y unos pocos segundos después otra figura, más pequeña, se asomó y hizo un gesto, como despidiendose de ellos, entonces se iluminó de nuevo la habitación.
Quince años más tarde, estos dos buenos amigos, ya casados, se reunieron con los otros chicos de Matalascañas para recordar aquel día. Con sorpresa nuestros protagonistas comprobaron como todos los chavales habían visto lo mismo que ellos, aquella figura con un niño a su lado y como se había encendido la luz.
Nadie supo encontrarle una explicación. Quizá hay restos del pasado, imagenes de otro tiempo que permanecen almacenadas como en un bucle y en ocasiones somos testigos de ellas, quizá aquella mujer y el niño estaban reviviendo un acontecimiento ocurrido años antes, cuando se encontraban en casa y llegó el marido borracho, comenzó a pegar a la mujer, esta huyó hacia la cocina con su hijo y el hombre la tiró por la ventana.
Un año más tarde el niño murió y quizá se reuniera con su madre en aquella casa para revivir su propia vida. La moraleja que se puede extraer es la de que no debemos temer sí nos encontramos un fantasma, no quiere hacernos daño (de hecho no puede hacérnoslo, a no ser que sea un ente maligno), probablemente quiera ayudarnos, que le ayudemos o simplemente está repitiendo una acción que llevó a cabo mientras vivía, como la famosa pareja de baile del Palacio de Linares, en Madrid.
viernes, 11 de mayo de 2012
Noche de terror en el convento
Esta vieja historia ocurrió en un viejo convento situado en un pueblo castellano. En él, apenas quedaba una pequeña comunidad de monjas que vivía en uno de los laterales. El resto del edificio, de unos 800 años de antiguedad, llevaba tiempo abandonado hasta que un pariente de nuestro protagonista decidió establecer allí una comunidad de ancianos.
El muchacho llevaba tiempo yendo allí con sus padres. Siempre iban durante el día, nunca se habían quedado a pasar allí la noche. Solía al fútbol en uno de los laterales con sus primos. Con ellos, además, a veces iba a pasear por los alrededores para explorar aquellos agrestes parajes del páramo castellano. Normalmente la familia cuando se reunía en aquel lugar solía comer en un edificio anexo de reciente construcción. Niko, nuestro protagonista, sin embargo, apenas conocía la zona antigua del edificio donde se quedó a dormir aquella terrorífica noche.
Cómo sus primas iban a volver al día siguiente a su ciudad Niko pidió a sus padres quedarse allí a pasar la velada. Su tía también estaba, con lo cual, aunque sus primas salieran de fiesta, no tenía porque suceder nada, el niño se sentía protegido. Una vez sus padres se marcharon, Niko fue a cenar con su familia. No conocía aquella estancia, era una especie de claustro techado que, de no ser por la tenue luz de algunos faroles, estaría completamente inundado por la oscuridad. Allí estuvieron cenando, riendo y contando interminables anécdotas hasta pasada la medianoche.
Niko siempre que iba al viejo convento sentía que se trataba de un lugar especial, parecía un lugar encantado, aunque nunca le había dado miedo. Sus primas se arreglaban mientras paseaba por el viejo edificio junto a su tía. En los días siguientes recordaba el escalofrío que sintió cuando, al preguntarle cuantos años debían tener aquellas paredes, esa edificación, su tía le dijo "es del siglo XIII". No sabía por qué, pero aquella sensación le recorrió todo el cuerpo, fue un sobrecogimiento interno de gran potencia, fue como si hubiera notado un fantasma en aquel mismo instante. Sin embargo intentó sobreponerse pensando "no va a suceder nada, debo ser fuerte". Nuestro amigo tenía gran sensiblidad y, desde que le alcanzaba la memoria, siempre había sentido presencias a su lado. Tenía la capacidad de percibir la presencias que, aparentemente, no estaban allí pues no eran visibles. Quizá haber vivido junto a un cementerio marcó su personalidad infantil. Toda su infancia y parte de la juventud la pasó en un lugar que había estado poblado ya desde tiempos de los romanos.
Antiguamente, la habitación donde iban a pasar la noche, había funcionado como sacristía. En ella había dos viejas literas, un armario de cuyas puertas colgaban sendos espejos, tres sillas de madera de roble con un sabor añejo y un baúl cubierto por una manta de color granate. Iluminaba la estancia un candil realizado en cerámica con claras reminiscencias medievales.
Niko se acostó en una litera. A su izquierda se encontraba una vieja vidriera amarilla. Al otro del cristal debía haber un patio, pero no se intuía mas que la oscuridad. Al poco de apagar la vela su tía se tumbó en la litera contigua mientras decía a su sobrino "buenas noches, hasta mañana, que descanses".
En el cuarto hacía frío. Niko llevaba un rato en la cama dando vueltas, tratando de arroparse lo mejor posible. Echaba de menos aquel "invento" que otra de sus tias, quien vivía en el pueblo de su padre, le daba cuando se iba a dormir. En esa casa del pueblo no había calefacción. Lo que su otra tía era, sencillamente, una bolsa de agua caliente. Aunque debía ponérsela a la altura de los pies, sin embargo, el chaval prefería colocarse aquella bolsita en su barriga pues, al menos es la impresión que le daba, permitía a su cuerpo retener mejor el calor. Sin embargo la sensación en la vieja sacristía era gélida, hacía frío, bastante frío y la ropa de cama se antojaba insuficiente. Por otra parte, aun sentía aquella sensación de escalofrío de apenas una hora antes.
Fue entonces cuando lo sintió. Sintió que dos personas comenzaron a dar vueltas alrededor suyo. Escuchó susurros y lo que le parecían pisadas. Se puso alerta. Algo rozó su cama y, de pronto, alguien comenzó a acariciarle el pelo, aparentemente, con una intención benévola. Sintió una mano pasando por su cara. Al intentar incorporarse, se dio cuenta de que estaba inmovilizado.
En aquel momento un bofetón hizo arder de dolor su mejilla. Al manotazo le siguió una sucesión de golpes y arañazos que culminó, de pronto, con el brusco movimiento de la litera. Niko, preso de pánico, intentó llamar a su tía. Sin embargo le faltaban las fuerzas. No obstante, gracias a su gran fortaleza interior, consiguió recobrarlas y con un fuerte grito llamó a su tía. Ella se acercó y le preguntó ¿Qué te suecede para haber gritado de ese modo?. El niño dijo que tenía miedo, mucho miedo y le preguntó si podía dormir con él. Ella asintió. Son pesadillas propias en un niño, pensó. Se metió con su sobrino a dormir y, tanto los golpes, como el temor recientes se detuvieron. Nuestro protagonista las había pasado canutas pero al menos ahora podía calmarse y conseguir dormir. Al menos de momento. No tardó mucho en quedarse dormido pese a que notaba, detrás suyo, una presencia acompañada por un golpe de aire continuado.
Todo iba bien hasta que llegaron sus primas. Su tía, viendo que el crío se había quedado placidamente dormido, aprovechó para irse a su litera. Niko se despertó ante los continuados movimientos de la litera provocados, en esta ocasión, por una de sus primas, quien ya se había aposentado en la cama de arriba y estaba cambiándose. Cesaron los movimientos. La habitación aparentemente estaba en calma.
Pasaron unos minutos. Niko estaba aun despierto. Un golpe de aire le rodeó por completo. Tuvo la sensación de que alguien, detrás suyo, le estaba acariciando la cara. No veía nada, la habitación estaba completamente a oscuras. Había una oscuridad más negra de la habitual. Momentos después sintió un tortazo y, a continuación, una sucesión de golpes provocados por manos que no podía ver. Manos invisibles que se golpeaban, inmisericordes, sus infantiles mofletes. Volvió la angustia. Angustia y, al mismo tiempo, un gran sentimiento de rabia e impotencia pues quería que aquello parase, aunque no sabía como hacerlo. Luchaba con todas sus fuerzas rezando el Padre Nuestro, la única oración que conocía aunque, cierto era, la que mas le ayudaba en noches como aquellas. En esta ocasión, sin embargo, aquello no paró. Era más poderoso que su infantil rezo, era como si quisiera, por fuerza, lanzarle un mensaje macabro.
En un momento la vidriera policromada se iluminó, alguien había encendido la luz del patio, o al menos eso le pareció a Niko, quien vio dos figuras con traje talar yendo hacia la vieja sacristía. Fue en ese momento cuando nuestro protagonista volvió a gritar, esta vez con todas sus fuerzas, venciendo al pánico, para que su tía volviera a dormir con él. Así sucedió. Debían ser las cinco o las seis de aquella fría madrugada de invierno. Con la cercana presencia de su tía consiguió tranquilizarse y dormirse. Otra vez aquellas sensaciones que tanto terror habían provocado en nuestro protagonista cesaron. Su tía, en esta ocasión, se quedó con su sobrino durante el resto de la noche.
Amaneció. La tía se había ido al cuarto de baño cuando Niko despertó. Le dolía el cuerpo como si le hubieran dado una paliza. Su prima, al verle, le preguntó asustada ¿Qué te ha pasado, primo? Pues tenía algún moraton y varios arañazos. Niko contó lo que había sucedido y su primas se asutó notablemente. Le acompañó al cuarto de baño y, entre su madre y ella, lavaron y realizaron alguna cura al muchacho. Nadie se podía explicar que era lo que había podido sucederle. Lo único que realmente tenían claro era que Niko quería marcharse de allí cuanto antes. Podían sentir su miedo.
Así hicieron. Apenas desayunaron se despidieron de sus familiares, aquellos que regentaban la residencia de ancianos. Inmediatamente después se marcharon rumbo a la ciudad. Comieron juntos en casa y, ya por la tarde, llevaron al niño con sus padres. Le habían curado las heridas, por ello sus padres apenas notaron nada raro en Niko. En cualquier caso, él mismo prefirió no contar nada de lo que le había sucedido. De hecho era la primera vez que había tenido tanto miedo al notar presencias. De hecho, aunque en los años siguientes, tuvo otros episodios similares, no se pudieron comparar con lo que sucedió aquella noche en el convento.
Niko creció y, un buen día contó su experiencia a un buen amigo, el cual entendía bastante de esas experiencias. Este le dijo que probablemente al tratarse de un convento que antiguamente había sido de estricta clausura femenina algo que en él había rechazó su presencia al tratarse de un varón. El argumentó que allí dormía su tío junto con sus hijos y que no les había sucedido nada. La respuesta la tuvo él mismo cuando se dio cuenta de que ellos dormían en la parte nueva mientras que él pasó la noche en la zona antigua. Aunque ¿Quizá si que habían sentido en alguna ocasión algo pero no se atrevieron a contarlo? En cualquier caso nunca llegó a preguntarlo. Si bien es cierto que, por los hechos que sucedieron en los años posteriores, da la sensación que aquello que había rechazado a Niko consiguió echar a sus familiares. La residencia de ancianos tuvo que cerrar y con ello se marcharon de aquel lugar. Quizá, lo que de verdad molestaba a los "guardianes del convento", por llamarlo de algún modo, no era la presencia de Niko. Era, realmente, el hecho de que sus familiares hubiesen montado una residencia de ancianos en lo que, hasta entonces, había sido un apacible convento.
Hoy aquel edificio ya solo funciona como convento. Han pasado muchos años desde entonces y no se ha vuelto a saber de nada raro que haya acontecido en aquel lugar. Quizá haya sitios que, por el motivo que sea, conviene no perturbar, quien sabe. De hecho Niko, aunque alguna vez volvió a sentir miedo en ciertos lugares, nunca sufrió tanto como aquella noche que pasó en el viejo convento castellano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







